jueves 31 de marzo de 2011

El Péndulo de Plata

I

El reloj de la sala desgajaba las doce, hora sincronizada cronométricamente con su reloj de bolsillo y con el reloj de B…, el edificio más alto y antiguo de la ciudad. Sin embargo no era la mesura del tiempo lo que le preocupaba: hacía ya varios meses que había cambiado su antiguo itinerario por un esquema de tiempo más personal, un esquema de tiempo -fuera del tiempo común de los relojes- con el que se pudiera pensar holgadamente. Dicha fórmula, aplicada al inicio de sus meditaciones, dotaba a su imaginación de cierta elasticidad. Por cada claridad acumulada aparecía en su mente una claridad mayor que parecía acercarle con lucidez a su objetivo: el hallazgo de la Idea perfecta.

Habiendo hecho una escala jerárquica meticulosamente numerada, fue colocando en ella cada idea que se hacía presente en su cabeza. Había calculado que, en suma, su mente generaba 135000 pensamientos por día, es decir, el doble de pensamientos dados por un cerebro convencional. Observando que cada pensamiento “fluía” de manera independiente uno de otro, logró armar un sistema que facilitaba a dichos pensamientos corresponderse entre sí, obteniendo de este modo la concreción de ideas, a saber: doscientas cuarenta y ocho ideas al final del día. Lograr ideas concretas y valiosas –es bien sabido- nunca es tarea fácil. Para ello es necesario acudir a toda clase de fuentes de conocimiento: leer e investigar constantemente en libros, manuales, recetarios, periódicos, revistas, suplementos, compendios… Incluso en la vida misma –fuente de información inagotable.

Al cabo de unos meses consiguió acumular una variada y rica cantidad de ideas. En el nivel más bajo de la escala reinaban las ideas superficiales, producto de un sentido común elemental; en el segundo plano estaban las ideas sustentadas por una base técnica o metodológica; en el nivel siguiente pululaban todas aquellas ideas –las menos- inspiradas por una reflexión filosófica profunda. Sin embargo, la ausencia de ideas en la cima de la escala dejaba una irritante sensación de miseria. Así que día y noche se preguntaba cómo lograr la idea superior, la idea máxima, la idea primigenia…

Una tarde, caminado reflexivamente por la calle, miró al fondo de la Avenida A… una fachada que resguardaba en su interior una modesta taberna, y decidió entrar. El espacio lucía escasamente poblado, pero ameno y dispuesto al visitante. Solicitó una mesa y una bebida rápida que fue servida al instante en una brillante y pulcra copa de cristal. No bien había apurado la tercera cuando noto -primero como una ráfaga, luego como una explosión- una idea indescriptible proveniente -quizás- del fondo de la copa. “¡Es genial! ¡Es genial!” gritó con emoción ante el asombro de quienes lo observaban. Dejando unas monedas en la mesa –“muchas monedas”, clamó para sí con ansia del tabernero- salió apresuradamente rumbo a su estudio.

Varias sombras opacas ornaban el recinto. Una vela gastada simulaba el humo de un cigarro. La clara idea brillaba como un diamante indócil en el centro de su cabeza. Pese al tiempo invertido, no pudo lograr plasmarla en el papel: una rotunda pila de hojas desgastadas sobre la escribanía era el fruto concreto de su esfuerzo. Los días sucedieron, pero las pretensiones no: ¿Cómo guardar aquella idea magnífica, superior, divina, fuera de él? Escribirla era inútil. Debía existir la forma de concretarla en algo, un objeto específico –una especie de piedra filosofal, pensaba recordando sus lecturas de alquimia- un artefacto mágico capaz de soportar el esplendor, la fuerza, de tan flamante idea; un cerebro mecánico hecho a imagen y semejanza del cerebro real; un mecanismo… ¡Cómo no haberlo pensado antes¡ ¡Un reloj! ¡Un reloj debe ser la maquinaria perfecta, la vital sincronía, el contorno del sueño calculado y tangible; un reloj matemático y abstracto, sensible y objetivo, como el cerebro humano¡

II

A simple vista nadie podría afirmar que se tratara, esencialmente, de un reloj. Su forma esférica, hermética y cromada, daba más bien la imagen de una pelota, una bola metálica sostenida como un péndulo por un hilo de plata. ¡Quién podía sospechar que aquella pequeña esfera -sus diminutas piezas de exquisita ingeniería, su mecanismo interno finamente ensamblado- preservaba la Idea más gloriosa jamás pensada por la humanidad! Un objeto precioso, indudablemente, una reliquia pura que como toda reliquia es necesario resguardar celosamente de los curiosos, los ansiosos, los sospechosos, los ventajosos y los ambiciosos. Y no sólo cuidarla de esta clase de gente: revelar su secreto equivaldría arrastrar al mundo entero a cometer ultrajes dignos del más oscuro fanatismo. Por otra parte, la magistral Idea podría solucionar con creces muchos de los problemas actuales, a saber: el hambre, la pobreza, el desgaste de los sistemas, el deterioro ambiental, así como fungir de bálsamo definitivo a los cuestionamientos filosóficos y religiosos de la historia. Dosificar la Idea, consultar sutilmente los preceptos de la Idea, minimizar su efecto potentísimo con el fin de prevenir insospechadas catástrofes, era absolutamente primordial. Por tales motivos debía reservarse con cautela el misterio, y sólo en ocasiones, lugares y circunstancias planeados, hacer uso de él.

Fue entonces un domingo –uno de esos domingos calurosos y secos- que el portador del oráculo decidió realizar una demostración: una sesión modesta y restringida cuyo ambiente brindara tranquila expectación. Detallando el sistema que decidió aplicarse, el preceptor llamaba a uno de los concurrentes, elegido al azar, para que se sentara frente a él y formulara una pregunta específica sobre cualquier asunto. Acto seguido la esfera, como si se tarara de una especie de objeto maravilloso, oscilaba espontánea pendiendo de la mano derecha del monitor. Pasados uno segundos comenzaba a vibrar ante la admiración del foro, desprendiendo un destello de luz que iba ascendiendo por el hilo de plata, pasando por la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza desde donde se convertía en palabra, dando finalmente una respuesta en boca del preceptor. Luego de la demostración general, se realizaban sesiones en privado en las que el consultor y el consultante convenían el precio según los atributos de la pregunta –o, según fuera el caso, la economía en cuestión. Terminada la última consulta, la gente se marchaba agradecida y admirada por el genial “milagro”.

La esfera y su preceptor fueron cobrando fama poco a poco, una fama que iba trascendiendo los límites previstos: guías espirituales, líderes políticos, grandes y pequeños personajes venidos desde los cuatro puntos cardinales, acudían ansiosos invirtiendo jugosas sumas de oro con el fin de consultar a la magnífica esfera. Y es que la esfera actuaba lo mismo para los poderosos que para los menesterosos. La esfera con su idea oracular que esclarecía lo oculto, ocultaba lo evidente, maniobraba lo ignoto, ignoraba lo adusto, dislocaba lo firme y hacia creer al necio y descreer al idólatra, entre otras numerosas cualidades insondables.

A pesar del enorme escepticismo que suele generarse en esta clase de asuntos, las cosas parecían marchar bastante bien. Cada persona que consultaba al oráculo salía satisfecha del encuentro. Para entonces habían pasado ya algunos meses; meses de intensa labor, pero de provechosas satisfacciones. Cada nueva sesión brindaba la oportunidad de descubrir con detalle la sensibilidad de la Idea, la cual demostraba ser inagotable.

III

Había trascurrido entonces el otoño. Las casas y las tiendas de la ciudad de K… prosperaban como una especie de sueño inusitado. Era un día cualquiera de trabajo para el preceptor, quien había brindado siempre sus servicios en la seguridad de su estudio. Para la gente, en cambio, era día de fiesta, pues era el día de la celebración de la misa más importante del año. Así que aquella tarde la concurrencia en casa del oráculo fue mucho más numerosa de lo habitual. Habían pasado apenas tres personas a consulta y el preceptor sentía un agotamiento incómodo -“muy poco común en estos menesteres”, declararía más tarde.

El cuarto consultante –un individuo flaco, de mirada vacía- se acomodó en la silla dispuesta para él. Luego de intercambiar algunas palabras -la mayoría de ellas visiblemente ríspidas y ajenas al protocolo- el individuo enjuto se alzó con brusquedad, tomó violentamente por el cuello al preceptor y gritó:

-¡Necesito esta bola, viejo idiota!

El estupor de la gente no pudo impedir que el nigromante fuera derribado de un golpe, mientras que el individuo tomaba entre sus manos la esfera de metal. Sintiéndose absoluto, se dirigió al oráculo imperativamente:

-¡Quiero saber el secreto que encierras!

Cualquiera hubiera dicho que el artefacto no funcionaría; sin embargo, empezó a oscilar como no lo había hecho nunca, desprendiendo una luz tan poderosa y brillante que la gente pensó que quemaría la mano de quien la sujetaba. Pero no pasó así: la luz se limitó a escalar la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza -la estúpida cabeza codiciosa, ignorante de su trágico fin. Un brevísimo instante el rostro del individuo pareció sonreír, imagen que contrastó violentamente con la expresión de sus ojos, inyectados en sangre. La idea “reaccionó” de tal manera en la mente del individuo que lo hizo retroceder tambaleante, como herido en el cráneo por una descarga eléctrica, obligándolo luego a arrodillarse gimiendo y arrojando espuma por la boca. La eternidad duró dentro de aquella cabeza como un fuego terrible, abrasador. Finalmente, colapsado sobre el piso como un objeto deforme, el individuo murió.

IV

Al interior de K… las opiniones eran encontradas: por un lado, había los que afirmaban que el anciano era el responsable directo de la muerte del individuo por haber inventado un artefacto diabólico; por otro, los que decían que el viejo era inocente, y que aquel individuo había recibido una merecida lección. En todo caso la circunstancia era una: según los comenderos de la corte donde se procesaba el caso, alguien debía pagar por el asunto. No sirvieron de mucho las protestas de aquellos que habían sido beneficiados por los dones de la esfera. El juicio no podía supeditarse al criterio de prácticas tan dudosas como la magia o la adivinación. Así, fueron descartadas todas las declaraciones que hacían referencia a dichas prácticas, poniéndose atención estrictamente en los hechos. Entonces se dedujo que, si bien el homicidio no se había perpetrado directamente, no se puso en aviso del potencial peligro que encerraba el servicio brindado por el anciano. Para zanjar posibles reincidencias –ese fue el argumento de los jueces- el Tribunal decidió aplicar contra el acusado la pena capital.

V

Faltaban diez minutos para la consumación del cadalso. En su celda, el anciano meditaba el funesto resumen de los acontecimientos. Inicialmente, el horror de haber concebido un artefacto siniestro le torturaba el alma como un demonio. De este modo sabía que debía pagar el precio de su invención. Sin embargo en el fondo trataba de explicarse la reacción de la esfera, llegando a la conclusión de que el mundo no estaba preparado para ella. “Cualquier debilidad humana, por pequeña que sea, debe traer como consecuencia la muerte”, dijo abatido por una profunda tristeza. El individuo fue fulminado por la Idea, pero la Idea no le mató; lo hizo su inconciencia, su falta de lucidez, su escaso entendimiento. El individuo no pudo soportar la revelación de la Idea que fue letal como un veneno en manos de un bebé.

El anciano pensaba ¿cuántas personas son capaces de soportar el peso de la Idea? ¿Cuántos seres, presentes o futuros, tendrán la lucidez necesaria para estar a la altura de la Idea? Esta y otras cuestiones meditaba el anciano mientras los dos custodios que resguardaban su celda le conducían afuera, rumbo a su destino.

-¿Algún requerimiento?- le preguntó uno de ellos.

-Deseo que me traigan por última vez mi esfera- dijo mirando a fondo el horizonte.

La muchedumbre -ardiente por el fervor del instante- alzaba su voz inquisidora como un flujo venido de una sola conciencia. Solamente unos pocos, dispersos entre la multitud, lloraban como dando a entender que comprendían el genio del anciano. La esfera fue llevada a manos de su creador. En el aire flotaba como un juez absoluto la cuchilla que habría de dar fin al asunto. Una paloma blanca pareció vislumbrarse en las alturas. El verdugo leía con absurda dicción el veredicto. De las manos del viejo pendía el artefacto -el péndulo de plata- refulgiendo y vibrando como un ojo de fuego en la oscuridad.

domingo 2 de agosto de 2009

Cardo Algebraico

Sentencia encapsulada en un sueño-atrapamoscas.

Día 1

Bien visto nada impide que uno pueda dormir, dilatar el cuerpúsculo sobre la superficie blanda del colchón y dejarse magullar por el oleaje paulatino del sueño. A fin de cuentas dormir es facultad necesaria y lógica del cuerpo y de la mente. La acamulación de imágenes durante el estado alfa provee a la conciencia de herramientas perfectas a la creatividad. Pero mi mal –ahora lo designo con este nombre- poco tiene que ver con la armonía previa a la etapa de sueño profundo.

Comenzó como si nada: dos horas de letargo incorporadas a las ocho horas de sueño habituales. Mi actividad diurna no se miró afectada en lo más mínimo. Dormir seis horas diarias termina convirtiéndose en costumbre. Pero cuando la cifra se redujo drásticamente a cuatro, luego a dos, luego a cero, me alarmé. Para matar el tiempo y engañar a la mente, uno recurre a ciertos subterfugios que mitiguen la actividad cerebral hasta convertirla en una especie de vacío y, por ende, en cansancio. Durante varias noches realicé improducitivos ejercicios: contar número, contar palabras, contar objetos, dar vueltas alredor del cuarto, leer libros de historia… Incluso conseguí una guía de autohipnosis que resultó fatal porque, en vez de ayudar, me hizo obsesionarme doblemente en el problema y en el complejo hilo que une la vigilia y el sueño.

He pasado tres noches enteras sin dormir. Noches que, sin embargo, me han hecho valorar, en su apacible horror, los atributos propios del descanso. Confieso que hubo noches en las que resistí dormir a cambio de dilatar el tiempo de actividad conciente, a cambio de hacer cosas que me apetecen mucho: leer, escribir, ver cine alternativo, escuchar música, etcétera… Horas de sueño trocadas para siempre en egoísta deleite. Horas de sueño que ahora me escupen a la cara negándome su despótico bálsamo.

Por eso he decidido ir mañana al doctor. No me gusta ir al doctor o no quiero ir porque no tengo la costumbre. Pero ahora me encuentro terriblemente mal: me duele la cabeza todo el rato, me recuesto un segundo y me descubro mirando un punto fijo, algo insignificante y siento que, de un momento a otro, me quedaré perdido para siempre…

Dia 2

Una sala de espera es como estar varado en el Purgatorio. Al menos así lo siento. Ha salido un paciente que al principio se veía miserable, pero ahora se le nota colmado de una cierta esperanza. No escucho de inmediato la voz de la enfermera, quien repite mi nombre hasta obtener respuesta.

-Es su turno. Pase por favor.

Apenas en el consultorio, me tumbo en el diván –mecánicamente- mientras me llevo las manos a la cara. La voz madura del médico me indica levantarme. Su timbre es gutural pero armonioso. Ha leído mi ficha. Me pide que me siente en una silla. Obedezco. Él saca una palita de madera de un cajón y la introduce en mi boca, explorándola como si la dolencia estubiera impresa en mi lengua, luego toma una lámpara y hace lo habitual. Mis ojos arden de un rojo tempestuoso. El médico formula las preguntas de rutina:

-¿Conflictos laborales?
-El trabajo va bien.
-¿Problemas con su esposa?
-No tengo esposa, doctor.
-Yo sí, por eso le pregunto (sic).
-Descuide, doctor.
-¿Toma usted enervantes?
-Un poco de café por las mañanas.

No agrega nada más; se dirige a un mueble, extrae un folio de recetas y llena una de ellas con cierta prisa. Me entrega el papelillo diciendo que compre esas pastillas, que son para dormir. Debo tomar una dosis antes de acostarme, evitando la cena pesada. Ya más tranquilo, estrecho gratamente la mano del galeno y salgo del consultorio, rumbo a la farmacia.

Es de noche. Tengo en mi mano el frasco de pastillas. Son blancas y ovaladas. Apuro dos de ellas con un poco de agua. Me acuesto en la cama, cierro los ojos y espero el ansiado efecto. Por mi cabeza desfilan imágenes aisladas que no logran armar un sólo pensamiento. Mi cuerpo está callendo en el sopor lentamente, irreversiblemente. Hay descansos maduros que podemos sentir porque nos llenan de vigor. Este descanso no, sedarme me acompleja y minimiza. Apenas cierro lo ojos y los abro -un miserable instante. Está amaneciendo.

Día 5

He realizado al máximo todas las tareas cotidianas con el fin de extenuarme. Supongo que no hace falta: ahora tengo pastillas y un afán impetuoso de dormir. Estoy sobre la cama con las cápsulas y el vaso transparente en las manos. Las apuro de un sorbo, me recuesto y espero el efecto deseado. Pero no pasa nada. Pasa el tiempo –lo sé porque lo siento pasar por mi cabeza. Una hora, dos horas, tres horas… nada. Tomo una nueva dosis, que repito al día siguente, al otro, al otro…¡Esto no me lo creo! Me siento peor que antes de ir a la consulta: drogado y sin poder dormir.

Día 9

Vine a verlo porque me lo recomendaron, porque a estas alturas es mi única esperanza. En el trabajo me dieron dos días de descanso. Desde luego, sin goce de sueldo porque el contrato no cubre problemas con el insomnio. ¡Vaya mierda! Necesitan verlo a uno cayéndose a pedazos. Pero yo vine a verlo y esto no porque crea con fervor en la metafísica. Se llama Abraham y es un señor judio, de ademanes judíos, como suelen ser ellos. De su atuendo destacan un medallón plateado en forma de media luna, una camisa roja de mangas exorbitantes y un bastón de madera bellamente tallado. Su casa es muy austera, pero extraña. Le he platicado todo a cerca de mi dolencia. Me asombra que ha entendido cada una de mis palabras –o eso parece. Su complexión barbuda inspira sobriedad:

-Considero que usted tiene un pequeño problema –dice el judío seca y firmemente-: ha olvidado por completo la fómula para coinciliar el sueño.
-¿Eso es posible? –pregunto sin entender.
-Tan posible como que nos estamos mirando mutuamente.
-Pero ¿cómo ha podido suceder?
- Sucede realmente poco, desde luego. Mi experiencia y sus síntomas me dictan que es así.

Un ceño indecifrable comienza a dibujarse en su mirada. No estoy seguro de saber a dónde quiere llegar. No tengo antecedentes de alguien que haya perdido, bajo ninguna circunstancia, la facultad de dormir. Supongo que todo esto corresponde a una lógica cuyo sentido del humor no deseo –o no puedo- comprender.

-¿Ha escuchado la fábula del sapo y el cienpiés? –pregunta mientras apoya la barba en el bastón.
-Creo que no- contesto confundido pero atento.

El judío toma aliento y comienza a narrar como si hubiera repetido aquella historia miles de veces:

-Un sapo muy mezquino y envidioso vio pasar a un cienpiés que se encontraba ocupado tratando de conseguir comida. La compleja cadencia de la marcha del cienpiés hipnotizaba al sapo, quien no podía explicarse cómo un insecto de esa naturaleza pudiera ser tan hábil cazador. Repentinamente el sapo atajó con su verde redondez la trayectoria del insecto, esbozando con fuerza: “Veo que eres muy rápido y no te has dado cuenta de mi presencia. Si quisiera podría devorarte de un bocado, pero este día amanecí contento y te dejaré vivir si contestas lo que voy a preguntarte: ¿Cuál de todas tus patas mueves primero cuando inicias la marcha?”. El cienpiés, más que asustado, estaba confundido por la actitud del sapo, pero no tardó en contestar a la pregunta, diciendo: “La respuesta es sencilla: la primera pata que muevo es ésta – el cienpiés movió una de sus patas, pero se dio cuenta que ninguna de las otras le respondía, así que corrigió- no, no, no; me parece que es esta otra…” El cienpiés intentó caminar con cada una de sus innumerables patas, fallando tristemente en cada intento, de tal modo que había quedado paralítico.

-¿Y esa historia qué tiene que ver con el insomnio?- pregunto ingenuamente.
-Esta enseñanza sufí encierra grandes secretos. Le explicaré uno de ellos según mis nociones. Digamos que el cienpiés representa su subconciente, el cuál vivía libre y autónomo y sin complejos actuando de manera natural. Ahora bien: el sapo representa su conciencia, que ha activado un mecanismo de control arbitrario sobre su subconciente, obligándolo a mantenerse parcialmente inactivo. Su conciencia le ha tendido una miserable trampa y ahora domina todas sus acciones, incluso las que son producto del instinto, neutralizando su capacidad para poder dormir.

La breve explicación, para mi gusto algo técnica, parece convincente. Por otra parte, no puedo evitar sentirme miserable. El judío me mira con cara de compasión. ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente el sueño? ¿Habrá una solución a mi dolencia?

-Para confortarle un poco –continúa- le diré que he tratado a dos personas con su mismo malestar; el primero de ellos ya no está entre nosotros; el segundo está recluido en un psiquiátrico de la capital. Ambos casos han aportado a la ciencia, es decir, a las prácticas que ejerzo, importantes avances. El sueño es un juego interior muy personal, una soledad doble donde dialoga lo que somos con lo que desearíamos ser. Quizá por tal motivo siempre me ha impresionado. Soñar despliega mundos de otra forma impensables. La fuerza onírica descompone la materia objetiva y nos invita a mirarla desde su realidad cósmica. Esta descripión del sueño podría parecer algo esotérica, pero ¿acaso no es el sueño una manera especial de acercamiento con lo divino? “Hay tantos caminos hacia Dios, como almas de hombres”. Por otra parte, lamento decir que si usted no duerme un poco en menos de veinticuatro horas, no sólo podría morir de cansancio cerebral, sino también por falta de interación con el Cosmos.

Estoy desesperado, inmerso en una especie de limbo mental:

-¡Dígame lo que debo hacer, se lo suplico!

El judío se levanta de su sillón. Escudriña en un bulto de papeles que tiene colocados meticulosamente en un estante. Su mano de largos dedos de judío toma con sumo cuidado un pergamino, que parece muy viejo. Lo coloca sobre la mesa y lo extiende, examinándolo detenidamente. Luego saca una llave, se acerca a un arcón arrinconado y lo abre. Desde mi asiento puedo observar que el cofre guarda una serie de curiosos objetos, “dignos sólo del arte”
–aclara. De entre aquellos guijarros desempolva una pequeña caja de metal cuyo exterior revisten sugestivos grabados:

-Esta reliquia –dice- me fue obsequiada por un maestro birmano llamado Mya Hsaya, gran gurú de la tribu de los pegu, al darse cuenta que yo había dominado el arte de convocar espíritus. Las instrucciones de su uso están grabadas en este pergamino, el cual contiene también una oración -que le enseñaré a leer correctamente. Los signos están escritos en una lengua cifrada, y son los mismos que mira incrustados en la caja.

-Es hermosa- murmuro contemplando con fijeza los símbolos y el explendor metálico del objeto.
-Sí, lo es, y únicamente existen dos de ellas en el mundo. Es tan extraña que su sólo uso requiere de años de preparación. Desde luego, no pretendo que sepa manejarla por completo; basta con aplicar las sencillas instruciones que voy a señalarle. Pero debo advertirle: los resultados pueden ser inciertos. Es necesario tener el oído muy limpio para poder entender el lenguaje de la caja.
-¿Ese objeto habla? –pregunto con cierto estupor.
-Si quiere definirlo así, diremos que puede hablar. Más bien lo que contiene es la música misteriosa de la tierra que se sincroniza con la música del universo.

Tras serme reveladas precisas instrucciones, como el modo algo exótico de operar el instrumento –por ejemplo, al abrirlo era necesario realizar una danza muy parecida a la yodaya, empleando movimientos prolongados con los pies y las manos, recitando previamente la oración “con fervor, para optimizar el efecto”- recibo ambos obsequios, al tiempo que le extiendo a mi benefactor un fajo de billetes sin contar. El judío me mira sentencioso:

-Si yo le cobrara por esto sería un repugnante charlatán. Tomémoslo como una consideración especial. Además, si el rito no funciona me temo que no volveremos a vernos, al menos en este mundo.

La cajita de música del Cosmos.


He estado practicando la oración hasta memorizarla. Curiosamente no me siento cansado. Mi instinto de supervivencia parece haber potenciado mis capacidades. Sé que no soy un hombre fervoroso, a lo sumo creyente, pero quiero esforzarme para que el resultado sea favorable. Ahora estoy preparado para ejercer el ritual. He montado al pie de la letra el escenario, tal como lo marcó el judío: unas velas aromáticas; un atuendo ligero, estrictamente blanco; las paredes cubiertas con frazadas oscuras; un círculo en el suelo –con la caja en su centro-; un ambiente sereno y relajado. Cuando todo está listo, comienzo a recitar la oración con la fuerza que mi escasa fe me permite:

“Ol-lan Ya-feh gun-dú vera-cid sum
Ol-lan Ya-feh bun-dí, bun-dí ni-mí
Had-já su-far Nigar al-yesham Lum
Had-já proter hya-sha mu-dir al-shid.”

Hecho esto, abro con cuidado la pequeña caja y, al instante, miro cómo la habitación empieza a cobrar una luminosidad extraordinaria, como si las frasadas manaran una indecible luz policromática. Con gran delicadeza camino en torno al círculo moviendo pies y manos en ademán ritual. Una melodía imponente brota del pequeño aparato, a medida que los movimientos se vuelven más graves, pues en ello consiste otorgar vitalidad al objeto. De pronto, como en una visión, el techo de la estancia se vuelve transparente, a modo de pantalla proyectante sobre la cual se forman figuras de pájaros planeando en remolino y accediendo a lo ancho de la estancia, al tiempo que la bella melodía va tornándose en un místico crecendo. Para mí es imposible describir el lenguaje de aquella hermosa música y de aquellas visiones –producto, seguramente, de una alucinación-, e ignoro cuánto tiempo durará la experiencia; sólo sé que no quiero dejar de disfrutarla porque me siento inmerso en una calma imponente, en una dulce gloria sensitiva, en una obra maestra nacida del instante. Sin embargo, lo que parece interminable, culmina de manera tan abrupta que casi ni lo noto porque caigo rendido –como en éxtasis puro- en las profundidades oníricas.

Día 0

Estamos en el campo de batalla. Mis manos sangran, mis pies sangran, mi rostro sangra. Es la sangre del enemigo mezclada con la mía. Tengo sueño pero el dolor se niega a concederme descanso. Algunos de mis enemigos yacen ahora mismo en el infierno. Sé que no los odiaba. No hubo tiempo de odiarlos. Cómo hacerlo cuando se tiene a la muerte cara a cara. Escasamente hay Dios donde los hombres luchan. Y me duelen los huesos, mis músculos se crispan. Todo pasa como un viento. Los Recuerdos. Los Recuerdos son caballos al galope sobre un valle de piedra. Tengo sed. La mano, la mano responde al fuego de la espada, responde al fuego de un cuerpo (ráfaga, sensasión de recuerdos). Quisiera estar en casa, tomar café, una copa de vino, embriagarme, correr sobre este campo que no fuera maldición. Ahora no estoy aquí; mi cuerpo no está aquí. La mente cambia de forma lo que los ojos miran. Ahora estoy corriendo. Un hermoso jardín se abre a la mirada: una fuente, un árbol, un sol maravilloso. Podría ser verano. Quién sabe. El sol, el sol con sus cristales de fuego baña el mundo. Una muchacha corre, son dos muchachas, tres, se ven contentas. Corren cuesta abajo rumbo al río. ¡Qué alegres! Yo quiero estar alegre como ellas, ser libre. Corro también. Ahora se desnudan a orillas del gran río, sonríen, juguetean. Yo las miro desnudas protegido entre ramas. No hay silencio sino música, pura Naturaleza. Amo la música. De niño tuve un pequeño gorrión que cantaba todo el tiempo graciosamente. Un gorrión pequeñito, pienso. Pienso pero me encuentro ahora en pleno vuelo. Soy un ave, me he convertido en ave. Desde lo alto miro las ciudades, las casas diminutas, las personas corriendo como hormigas organizando el mundo, organizando el tiempo, repartiendo los días y las noches en volubles estancias. Cambiar, buscar progreso. La gente corre, parece preocupada. A mi no me preocupa. Soy un ave. Quizá soy un espíritu que ha perdido su cuerpo voluntariamente. Rozo el aire con mi cuerpo de estrella consumada, volátil, emergente. La Noche. Lo recuerdo. Tengo miedo a la noche. Algo debió pasar alguna noche. La oscuridad, un ruido, un silencio. Desciendo torpemente. Abro los ojos, estoy solo, la habitación oscura. Alguien llama a la puerta. Es mi padre. Es mi padre que dice que se va. Yo no debí escucharlo a los dos años. Mi madre llora en otra habitación. Sus lágrimas brillantes debajo de la lámpara, su mirada impotente. Yo no lloro. No sé llorar desde entonces. Sólo este miedo atroz de la inocencia por lo que no se entiende. La oscuridad, la noche. Despertar exaltado, superar el silencio, salir a la calle para encontrarse a alguien. Así llega un amigo: platicar una pena, compartir la miseria. Así llega una mujer, no cualquier mujer, una mujer que sepa sostener en sus manos el corazón del hombre, el corazón cansado y abatido del hombre, darle fuerza, recostarlo en su vientre, consolarlo, consolidarlo. Una mujer. Yo tengo una mujer. Estoy con ella ahora. Nos hemos agarrado de la mano. Olvidamos el mundo. Esto hacen los amantes: inventan la realidad, su realidad. Estoy viendo sus ojos, sus ojos siempre bellos, sus caderas, sus nalgas. Hacemos el amor. Hemos hecho el amor miles de veces, en mi cabeza, entre sus piernas. Yo me perdí en sus ojos para creer que un día la felicidad existió. La vida pasa sola frente a mi: una bonita boda, los comenzales sonrientes (brindan), las damas de compañía, las señoras Esperanzas, todo para ceñirse luego a la costumbre abrazando al destino con paulatina frialdad. El deseo termina por aburrirse. Años. La cabeza agachada cada vez. Un día alzar la voz, revelarse, partir, volver a la soledad, pasar las horas como un mueble (años), resignarse. Saltar de lo grotezco a lo paradisiaco sucede todo el tiempo: el drama personal, el desgarramiento interior, aprender a vivir como se pueda, cobrar conciencia desde la inconciencia. Todo esto es un sueño, ya lo sé. Las cosas pasan casi sin sentido: tantas vueltas de vida para llegar a un instante. Canto y bailo y me desnudo si quiero porque todo esto es un maldito sueño, qué carajo. Los sueños carecen de dimensión y de lógica, son dimesión y lógica desnudas como el cuerpo de las muchachas en el río, como el agua callendo por sus desnudos puros y sus cantos y sus cabellos rubios como estrellas y el beso de la mujer que amo y el dolor, todo el dolor y toda la felicidad desnudándose; un sueño tan desnudo como caer al mundo un día cualquiera para iniciar la marche interminable, la marcha de este cardo algebraico que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite como una ecuación monstruosa, como un instante obseso, como la locura. El sueño de este sueño sin forma; vivo en él desde hace miles de años, desde antes de mi nacimiento vivo en él. Y no es que esté anhelando por ello la vigilia, su lógica arbitraria, sus guerras fratricidas, sus noticias veladas, su ambigua humanidad. Vigiliavigiliavigilia: no es que la esté anhelando: elproblemaescómodespertar…

viernes 10 de abril de 2009

Post-pop


Ah, pero entender la lengua es otra cosa.

Entenderla para usarla como una flor o un arma,

para desarmarla.





El día que cambié mi vieja máquina de escribir por un ordenador con impresora incluida no me sentí muy bien, pero al menos estaba entrando en la era digital con un artículo de primera necesidad. Siendo honesto, yo soy un gran amante de las cosas antiguas, de los objetos que conservan historia y merecen ser tratados como viejos amigos. Así que coloqué la máquina en una vitrina donde se hiciera visible, donde pudiera mirarla sin problema para inspirarme y recordar los textos que habíamos escrito juntos. Si bien de mi cabeza no salen con frecuencia fábulas extraordinarias, puedo preciarme al menos de que algunas de ellas han dejado buena impresión en sus contados lectores.

Las noches subsecuentes sentí cierta nostalgia por la máquina, pero la agilidad inherente a un procesador de palabras me ayudó a superarla. En unas cuantas semanas me adapté por completo al aparato, y las ideas que iba plasmando se hicieron más fluidas, más concretas, más lúcidas (adjetivos que terminé tragándome cuando viví la historia que les voy a contar).


Apelativo: Typewriter modelo Remington 1913.


Una vez más me he quedado dormido sobre el escritorio. Una vez más he derramado el café sobre los libros y he dicho maldiciones. Pero no ha sido esto ni el efímero descanso lo que me ha despertado, sino un sonido concreto, muy familiar, proveniente de la vitrina: el ruido de las cuchillas de metal chocando contra el rodillo de la máquina. Omito por decoro las bochornosas emociones que suele sentirse ante tales fenómenos. Simplemente me incorporo y me acerco al artefacto, el cuál, espontáneamente, deja de accionar. Intrigado, lo saco de su estancia y lo coloco en el lugar donde yacía previamente el teclado del computador. Lo examino unos segundos –o minutos, el tiempo es lo de menos- y al suponer que todo se trata de una alucinación, me rasco la cabeza y me voy a la cocina por un trapo para limpiar el desorden del café.

Acto seguido, ya con el trapo en la mano frente al escritorio observo que la máquina vuelve a accionar y doy un salto hacia atrás, instintivamente (ahora las emociones no me parecen bochornosas, sino escalofriantes). Escéptico y sigiloso, me acerco nuevamente, mientras la vieja máquina sigue destronando al silencio con su ruido mecánico. Pero veo que el movimiento de las cuchillas no es aleatorio, sino firme y continuo, como el de una redacción. Sin dubitar, extraigo del escritorio una hoja blanca y la inserto en la ranura del rodillo. La hoja es absorbida casi automáticamente, pero ya está dejando de ser blanca, porque en ella se imprimen unos caracteres negrísimos en perfecto español que al calce dicen:


-Gracias por sacarme de la vitrina, me estaba sofocando horriblemente.


Dado que no soy un experto en dialogar con máquinas de escribir, me quedo paralizado unos segundos –o minutos, qué importa- hasta que tomo aliento y comienzo a teclear sobre ella con movimientos azorados:

-¡¡¡¿Quién eres?!!! ¡¡¡¿Qué quieres?!!!

Toca su turno y escribe:


-Tranquilo, no te exaltes. Hasta ahora no necesite manifestarme, pero ya que me has cambiado por esta perra, tenia que hacerlo. Mi nombre es Typewriter, soy un mecanografo profesional Remington 1913, porque ese es el ano en que me fabricaron y ese es el nombre de mi disenador, pero yo soy poliglota, asi que no te preocupes y sigamos charlando.


¿Políglota? ¿Reminton 1913? ¿Qué es todo esto? Había escuchado hablar de personas poseídas por espíritus, pero una máquina de escribir es demasiado…


-Yo no soy un objeto poseido por ningun espiritu –replica tras haberle formulado una serie de preguntas-; tampoco estas sonando ni estas loco. Debes tomar las cosas tal y como las estas viviendo. El mundo comun es para la gente comun, y tu en este momento dejas de serlo porque tienes en tu poder algo que todos los escritores desean: un “hacedor de historias”.

El Hacedor de historias.


Todos los mecanógrafos tenemos rasgos comunes que nos identifican; por ejemplo, el diseño, el orden de las teclas, la aplicación de cintas de carbón, etc. Sin embargo, cada uno de nosotros es único y diferente, pues nos vamos adaptando a las necesidades y usos de nuestros propietarios. Aunque hay otros como yo circulando por el mundo, cada vez somos menos, y la tecnología nos ha ido rebasando del mismo modo que lo hicimos nosotros parcialmente con los copistas. Esto nos ha dotado de una seria ventaja frente a los amanuenses, quienes al fin optaron por la imprenta y las letras de molde. Sépase entonces que la escritura en la actualidad es un gran conglomerado de expresiones artísticas y tecnológicas. De los altorrelieves cuneiformes o los petroglifos elaborados con pigmentos vegetales hemos llegado a las grandes estructuras rotativas con tirajes prácticamente infinitos, adaptados a los requerimientos de toda clase de público y mercado.

Nosotros los mecanógrafos tenemos una herencia de conocimientos ancestrales, y la hemos refinado a fuerza de mezclarla con lenguajes populares y cultos. Cualquiera puede escribir bajo consigna, o escribir manuales técnicos, o empeñarse en combinar conocimientos elementales con técnicas rudimentarias. Cualquiera puede hacerlo, desde luego, con plena libertad. Ah ¡Pero entender la lengua es otra cosa; entenderla para usarla como una flor o un arma: para desarmarla!


Variando un poco el tema, hablaré concretamente de mi historia personal.

Mi primer propietario fue un caballero irlandés que estaba sufriendo en aquel momento una economía muy precaria. El mismo día que me llevó a su casa, supe que me encontraba en compañía de un verdadero escritor. El deseo más grande de un mecanógrafo es estar en las manos de la persona correcta. De este modo, decidí manifestarme al irlandés. Al principio la circunstancia le pareció muy extraña, pero al cabo de corto tiempo la asimiló. Para intimar un poco, me confesó que nadie había querido publicarle una de sus obras porque algunos de los textos incluidos en ella resultaban indecentes, según ciertas personas. Es molesto que la gente se ofenda cuando se ejerce la libertad creativa. La moral y la decencia carecen de expectativas para el arte.

Por invitación del poeta estadounidense Ezra Pound, mi dueño logró publicar sus escritos en revistas connotadas como The Egoist, y comenzó a ser admirado por autores como H.G. Wells y, un poco más tarde, por T.S. Eliot. Corría el año 1914. El irlandés y yo compartíamos una amistad interesante. Me reveló que estaba en la idea de escribir una novela bastante experimental, la cual titularíamos Ulises. Digo pomposamente “titularíamos”, pero en realidad yo aprendí a leer y escribir como se debe gracias a esa novela, y de ella me ha venido mi posterior talento.

Mi segundo propietario era yerno y asistente del primero. Su nombre: Samuel Beckett. Este tipo sabía redactar bastante bien en francés, inglés e italiano, lo cual nos permitió contacto abierto con casi todas las tendencias artísticas europeas, especialmente con el teatro de Eugene Ionesco, Jean Genet y Artur Adamov. Beckett gustaba mucho de jugar ciertos deportes, aunque esto no le mermaba de su condición hipocondríaca. Puedo decir de él que, en esencia, se trata de un escritor-discípulo de su propia búsqueda. Casi siempre se estaba consiguiendo la forma de penetrar en algún círculo, de combinarse con las enseñanzas de los grandes maestros, de empaparse de las ideas más innovadoras, hasta que finalmente logramos alcanzar un estilo propio.

Confiado el irlandés en el talento y la prudencia de su asistente, una tarde de mayo decidió revelar el secreto de mis habilidades. La sorpresa de Beckett fue muy grande, al punto de querer desmantelarme en un arranque de nervios. Quizás en el fondo llevaría razón. A veces los humanos construyen o hacen cosas que no saben manejar, y terminan arrepintiéndose de ello más tarde. Desde luego, yo quiero suponer que no es mi caso. De todas formas nadie es perfecto.

Con estos dos individuos comencé mi carrera de mecanógrafo, circunstancia realmente favorable para cualquiera. Pero lo más hermoso no es sinónimo de eterno. Cuando Beckett murió, muchos de sus objetos personales –yo entre ellos- llegaron a subasta. Para mi fue frustrante pasar del privilegio de escribir con maestría a ser un miserable objeto de compra-venta. Desde el principio nadie quiso adquirirme porque les parecía muy caro -o porque les parecía inútil. Viajé por muchos países, pasé por muchas manos, hasta llegar aquí. Cansado de tenerme como estorbo, mi último postor me colocó en un estante, junto a las refacciones, a precio de chatarra. Únicamente así pudiste haberme adquirido.


Mi amigo Juan y el arte de conservar chatarra.


Debíamos dinero. Mucho dinero. Lo único que teníamos era la tienda de anticuario. ¡Mi padre y sus maniobras financieras nefastas! Yo le decía “viejo ¿Por qué no traspasas la tienda y así te ahorras el sueldo de las dos muchachas?” pero no me escuchó. Me dijo “en vez de dar consejos vete a publicitar y a conseguir clientes”. Así tuve que hacerlo, porque de otra manera no me hubiera alcanzado para terminar la carrera. Algunos de mis amigos de la universidad también tenían problemas de dinero. Yo le debía a D… por unos libros que me vendió el semestre pasado. D… siempre me decía que los libros habían sido hechos para leerse, no para conservarse. Cualquier bibliografía salida de sus manos al mercadeo había sido previa y meticulosamente leída. “¿Por qué no vas a la tienda –le dije- para arreglar lo del pago? Dinero yo no tengo, pero tengo algunas cosas que te pueden gustar”.

Y así lo hizo. Llegó esa tarde a la tienda. Examinó algunos artículos. Examinó a las muchachas. “La de la blusa roja es más bonita” me dijo, pero el volumen de su voz era tan alto que ella pudo escucharlo. Simplemente sonrieron, mirándose a los ojos largo rato. A mi las escenas cursis me causan escalofrío. Tomé a D… por el brazo y lo llevé al almacén. Le dije “mira: yo sé que tú en el fondo tienes madera de escritor, así que por qué no escoges una de estas”, y le mostré las máquinas. Al instante le atrajo una de ellas, la Remington antigua. Me dijo “¿Esta paga lo de mis veinte libros?”. Le contesté que no, que aquella máquina pagaba tres años de alquiler de su apartamento. “Pero por ser mi amigo quiero que te la lleves; consérvala como regalo y como un pago por tus libros”. Entones él tomó la vieja máquina, la envolvió con su chaqueta, me dijo “muchas gracias” y se fue.

De la máquina –como es obvio- yo no he sabido nada; de él, según su colegas, que es un mal escritor.



Mi amigo Cruz y el arte de conservar secretos.


Le dije “tú estás fumado”, y me llevó a su cuarto. Un piso que le rentaba un viejo asqueroso, casi a cinco kilómetros del trabajo. “No sé cómo puedes aguantar a ese viejo”. “Le debo cinco meses –respondió- está siendo paciente”. Su apartamento era un sitio muy pequeño, se limitaba a un cuarto dividido por un muro, una cocina estrecha y un patio parecido a una bodega. La estancia estaba llena de botellas de cerveza, y el suelo tapizado de colillas de cigarro. Ornaban el espacio una mesa muy cucha que él llamaba escritorio, la computadora que le regalamos mi esposa y yo el día de su cumpleaños y una vitrina con libros de diferentes temas. “Bueno, a lo que vinimos: enséñame la máquina”. Entonces la sustrajo de una caja que estaba en un rincón. “La guardo aquí para que no la vea, es capaz de pedírmela en prenda por lo de la renta”.. Finalmente la puso con cuidado sobre la mesa.

La máquina, sin duda, era hermosa, pero estaba bastante maltratada. “Se nota que la usas mucho”-señalé. “Pues nada más del diario; pero no puedo decir que yo la uso. Observa”. Y nos quedamos viéndola primero dos minutos, luego tres, luego cuatro, luego cinco…



-¿Eso es todo lo que hace?

-Claro que no. No entiendo qué le pasa.

-Conéctala a la luz.

-No seas mamón. Seguro necesita papel.


Y le metió papel. Y nos quedamos viéndola de nuevo dos minutos, luego tres, luego cuatro, luego cinco…


-¿Para esto me trajiste? Ya me voy…

-¡Espérate¡ No sé por qué no funciona…

-Pues no funciona porque no funciona, no puede funcionar ni funcionará. Mejor te voy a dar una tarjeta del médico que trata a Catalina y…

-No no no… déjalo así. Tienes razón: no debí sacarte de tu trabajo.

-Entonces ya me voy. Ya se está haciendo tarde. Mejor trata de dormir y toma este dinero para que comas algo. Búscate un trabajito o llámame mañana a la oficina, a ver cómo te puedo recomendar. Esta cosa de escribir es para morirse, y estamos todavía muy jóvenes para eso.

-Muchas gracias Cruz. Te marco por teléfono mañana.


Entones me fui. Esperé su llamada al día siguiente. Lo mismo hice el miércoles y el jueves, pero nunca marcó. ¡No entiendo lo que pasa con estos escritores! Seguramente sigue sentado en su escritorio intentado exprimirle unas palabras al vacío.


Mi amigo el editor y el arte de publicar novelas.


Realmente nos pareció asombroso porque, de la noche a la mañana, el escritor mediocre que todos conocíamos se convirtió en una luminaria de las letras. Qué digo luminaria: un verdadero genio de la palabra. Sus méritos menores (dos libros de poemas muy cursis y uno de narraciones insípidas) quedaron olvidados al instante cuando nos ofreció su primera novela: Crónica de un desalojo domiciliario. La brillantez estilística, la limpidez semántica, la claridad poética se encuentran hermanadas con un dominio pleno del tema central de la obra: la historia de un individuo que es echado a la calle por su casero, situación que le obliga a deambular por el mundo en busca del sentido de la vida, así como de una vivienda propia.

A este título siguen otros títulos no menos brillantes: Parte de lo que sea (Premio Internacional Heroldo Pérez para Segunda Novela), Mujer que nos quiere poco (Premio del Ministerio de Ministros de Brucelas), Misógino-feminista (Premio Casa del Escritor Exiliado), Malviviente (texto que da continuidad a su opera prima), Saboteando al deseo (Vigesimo Segundo Premio Gran Prix de los Ganadores), Vida secreta de un rentero (Premio Flor de Papel y Tinta), Entre otras (también novela).

¿Yo que puedo decir? La verdad nos complace tenerlo como miembro de nuestra casa editorial. Hay muy pocos como él y deseamos infinitamente conservarlo.


Mi amigo Typewrriter y el arte de cerrar con esta historia.



Cuando no sabes como romper con la ficcion, significa que has sido absorbido por los mundos que creaste. Imaginas, y una puerta se abre frente a tus ojos. Imaginas, y una hoja es el limite entre la vida y la muerte. Contar historias como contar estrellas. Cerrar los ojos como levantarlos. Entrar en el recuerdo como en una vivencia. Asi sea la vida del mecanografo: todas las vidas -o ninguna…



El enano y la giganta


Escrito por Typewrriter (seudónimo de autor) para el periódico local.



Él trepa por las escalerillas de su pelo, llega hasta su oído y susurra unas palabras sabiamente amorosas. Ella sonríe y lanza un suspiro. Sus pechos son dos montañas que palpitan. Sus pechos son dos enormes monolitos que el viento abraza. El enano la mira y se refleja en sus ojos esmeralda. La giganta tiene la sed de un desierto cuando quiere ser poseída. El cuerpo del enano es indigno para el tamaño del amor, pero su empeño es grande y sabe que la penumbra se abarca con la luz del deseo. Así que ambos laten en la noche como dos corazones, como dos estrellas que se posan sobre la inmensidad del campo. A ellos la poesía les sirve para entender el mundo. Son seres mitológicos, lo mismo que las constelaciones, y son como planetas en órbita constante hacia el amor, bajo la tenue lluvia, entre ruidos lejanos y dispersos.

Pero un dios asqueroso realiza su faena mientras los seres duermen: al despertar, la giganta contempla horrorizada el cuerpo del enano que yace como una hoja muerta, sepultada por el peso de tanto amor.






Fragmentos no incluídos en la narración



Entonces Dios agarró y dijo…




Typewriter disertando acerca del tiempo:

Pero la mano avanza sola sobre el papel. El hombre avanza solo frente a la historia, cruza ciudades, hasta que se detiene y piensa:


- ¡…!


E inventa la guerra para darle significado a la derrota, e inventa la paz para darle significado a la esperanza.


Typewriter deduciendo un futuro miserable:

Yo tuve un dia una maquina de escribir que era hermosa. Esa maquina inventaba historias como delicias que eran aclamadas por la critica, por el publico, historias como esmeraldas incrustadas en un collar.


Pero una tarde llego el comprador de maquinas y yo no tenia dinero para la renta.


Typewriter hablando sobre el destino de la humanidad:

Algun dia sabremos con certeza que todo dialogo es en realidad un monologo frente al espejo.


Typewriter ironizando un poco:

Desde luego: vendo mis libros, después de leerlos…


Typewriter siendo crítico y objetivo:

El universo arde. La vida arde. La eternidad pregunta por nosotros. ¿Por qué tenemos que estar aqui sentados?


Typewriter aportando a la economía lingüística:

Sugiero que se suprima la “h” de las palabras


Uerto

Umano

Umo

Umor

Istoria


Typewriter apegado a la semántica:

“Si no lo dices tú, lo digo yo…”


El resultado de esta frase sera siempre un monologo.

Typewriter creando un poema en una lengua muerta:


“Olicantorái musipatroni,
enamúrica saffia,
quemalia puracimera,
sicanasi bonerái.

Olicantorái usufernaya,
-altripolifica, poliposifica-
Numilia pir a sumaya
va de lum a bumburái.

¿Olicantorái olaya facia
purésica soficáia?
¡Nun ke, nun ke, solaya!
Lah murífica filicia
perisofa funfusando
lah saffú soffú siffá.

¡Oh, suffí Olicantorai!
Pría lah soma unipia
paciembrand um prío pá.”

Typewriter en la búsqueda del sueño definitivo:

Como escritor recurro a todo lo que encuentro. Lo ultimo que me falta por descubrir es la felicidad.






"HAY QUE SER ABSOLUTAMENTE POSTMODERNO"