El reloj de la sala desgajaba las doce, hora sincronizada cronométricamente con su reloj de bolsillo y con el reloj de B…, el edificio más alto y antiguo de la ciudad. Sin embargo no era la mesura del tiempo lo que le preocupaba: hacía ya varios meses que había cambiado su antiguo itinerario por un esquema de tiempo más personal, un esquema de tiempo -fuera del tiempo común de los relojes- con el que se pudiera pensar holgadamente. Dicha fórmula, aplicada al inicio de sus meditaciones, dotaba a su imaginación de cierta elasticidad. Por cada claridad acumulada aparecía en su mente una claridad mayor que parecía acercarle con lucidez a su objetivo: el hallazgo de la Idea perfecta.
Habiendo hecho una escala jerárquica meticulosamente numerada, fue colocando en ella cada idea que se hacía presente en su cabeza. Había calculado que, en suma, su mente generaba 135000 pensamientos por día, es decir, el doble de pensamientos dados por un cerebro convencional. Observando que cada pensamiento “fluía” de manera independiente uno de otro, logró armar un sistema que facilitaba a dichos pensamientos corresponderse entre sí, obteniendo de este modo la concreción de ideas, a saber: doscientas cuarenta y ocho ideas al final del día. Lograr ideas concretas y valiosas –es bien sabido- nunca es tarea fácil. Para ello es necesario acudir a toda clase de fuentes de conocimiento: leer e investigar constantemente en libros, manuales, recetarios, periódicos, revistas, suplementos, compendios… Incluso en la vida misma –fuente de información inagotable.
Al cabo de unos meses consiguió acumular una variada y rica cantidad de ideas. En el nivel más bajo de la escala reinaban las ideas superficiales, producto de un sentido común elemental; en el segundo plano estaban las ideas sustentadas por una base técnica o metodológica; en el nivel siguiente pululaban todas aquellas ideas –las menos- inspiradas por una reflexión filosófica profunda. Sin embargo, la ausencia de ideas en la cima de la escala dejaba una irritante sensación de miseria. Así que día y noche se preguntaba cómo lograr la idea superior, la idea máxima, la idea primigenia…
Una tarde, caminado reflexivamente por la calle, miró al fondo de la Avenida A… una fachada que resguardaba en su interior una modesta taberna, y decidió entrar. El espacio lucía escasamente poblado, pero ameno y dispuesto al visitante. Solicitó una mesa y una bebida rápida que fue servida al instante en una brillante y pulcra copa de cristal. No bien había apurado la tercera cuando noto -primero como una ráfaga, luego como una explosión- una idea indescriptible proveniente -quizás- del fondo de la copa. “¡Es genial! ¡Es genial!” gritó con emoción ante el asombro de quienes lo observaban. Dejando unas monedas en la mesa –“muchas monedas”, clamó para sí con ansia del tabernero- salió apresuradamente rumbo a su estudio.
Varias sombras opacas ornaban el recinto. Una vela gastada simulaba el humo de un cigarro. La clara idea brillaba como un diamante indócil en el centro de su cabeza. Pese al tiempo invertido, no pudo lograr plasmarla en el papel: una rotunda pila de hojas desgastadas sobre la escribanía era el fruto concreto de su esfuerzo. Los días sucedieron, pero las pretensiones no: ¿Cómo guardar aquella idea magnífica, superior, divina, fuera de él? Escribirla era inútil. Debía existir la forma de concretarla en algo, un objeto específico –una especie de piedra filosofal, pensaba recordando sus lecturas de alquimia- un artefacto mágico capaz de soportar el esplendor, la fuerza, de tan flamante idea; un cerebro mecánico hecho a imagen y semejanza del cerebro real; un mecanismo… ¡Cómo no haberlo pensado antes¡ ¡Un reloj! ¡Un reloj debe ser la maquinaria perfecta, la vital sincronía, el contorno del sueño calculado y tangible; un reloj matemático y abstracto, sensible y objetivo, como el cerebro humano¡
II
A simple vista nadie podría afirmar que se tratara, esencialmente, de un reloj. Su forma esférica, hermética y cromada, daba más bien la imagen de una pelota, una bola metálica sostenida como un péndulo por un hilo de plata. ¡Quién podía sospechar que aquella pequeña esfera -sus diminutas piezas de exquisita ingeniería, su mecanismo interno finamente ensamblado- preservaba la Idea más gloriosa jamás pensada por la humanidad! Un objeto precioso, indudablemente, una reliquia pura que como toda reliquia es necesario resguardar celosamente de los curiosos, los ansiosos, los sospechosos, los ventajosos y los ambiciosos. Y no sólo cuidarla de esta clase de gente: revelar su secreto equivaldría arrastrar al mundo entero a cometer ultrajes dignos del más oscuro fanatismo. Por otra parte, la magistral Idea podría solucionar con creces muchos de los problemas actuales, a saber: el hambre, la pobreza, el desgaste de los sistemas, el deterioro ambiental, así como fungir de bálsamo definitivo a los cuestionamientos filosóficos y religiosos de la historia. Dosificar la Idea, consultar sutilmente los preceptos de la Idea, minimizar su efecto potentísimo con el fin de prevenir insospechadas catástrofes, era absolutamente primordial. Por tales motivos debía reservarse con cautela el misterio, y sólo en ocasiones, lugares y circunstancias planeados, hacer uso de él.
Fue entonces un domingo –uno de esos domingos calurosos y secos- que el portador del oráculo decidió realizar una demostración: una sesión modesta y restringida cuyo ambiente brindara tranquila expectación. Detallando el sistema que decidió aplicarse, el preceptor llamaba a uno de los concurrentes, elegido al azar, para que se sentara frente a él y formulara una pregunta específica sobre cualquier asunto. Acto seguido la esfera, como si se tarara de una especie de objeto maravilloso, oscilaba espontánea pendiendo de la mano derecha del monitor. Pasados uno segundos comenzaba a vibrar ante la admiración del foro, desprendiendo un destello de luz que iba ascendiendo por el hilo de plata, pasando por la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza desde donde se convertía en palabra, dando finalmente una respuesta en boca del preceptor. Luego de la demostración general, se realizaban sesiones en privado en las que el consultor y el consultante convenían el precio según los atributos de la pregunta –o, según fuera el caso, la economía en cuestión. Terminada la última consulta, la gente se marchaba agradecida y admirada por el genial “milagro”.
La esfera y su preceptor fueron cobrando fama poco a poco, una fama que iba trascendiendo los límites previstos: guías espirituales, líderes políticos, grandes y pequeños personajes venidos desde los cuatro puntos cardinales, acudían ansiosos invirtiendo jugosas sumas de oro con el fin de consultar a la magnífica esfera. Y es que la esfera actuaba lo mismo para los poderosos que para los menesterosos. La esfera con su idea oracular que esclarecía lo oculto, ocultaba lo evidente, maniobraba lo ignoto, ignoraba lo adusto, dislocaba lo firme y hacia creer al necio y descreer al idólatra, entre otras numerosas cualidades insondables.
A pesar del enorme escepticismo que suele generarse en esta clase de asuntos, las cosas parecían marchar bastante bien. Cada persona que consultaba al oráculo salía satisfecha del encuentro. Para entonces habían pasado ya algunos meses; meses de intensa labor, pero de provechosas satisfacciones. Cada nueva sesión brindaba la oportunidad de descubrir con detalle la sensibilidad de la Idea, la cual demostraba ser inagotable.
III
Había trascurrido entonces el otoño. Las casas y las tiendas de la ciudad de K… prosperaban como una especie de sueño inusitado. Era un día cualquiera de trabajo para el preceptor, quien había brindado siempre sus servicios en la seguridad de su estudio. Para la gente, en cambio, era día de fiesta, pues era el día de la celebración de la misa más importante del año. Así que aquella tarde la concurrencia en casa del oráculo fue mucho más numerosa de lo habitual. Habían pasado apenas tres personas a consulta y el preceptor sentía un agotamiento incómodo -“muy poco común en estos menesteres”, declararía más tarde.
El cuarto consultante –un individuo flaco, de mirada vacía- se acomodó en la silla dispuesta para él. Luego de intercambiar algunas palabras -la mayoría de ellas visiblemente ríspidas y ajenas al protocolo- el individuo enjuto se alzó con brusquedad, tomó violentamente por el cuello al preceptor y gritó:
-¡Necesito esta bola, viejo idiota!
El estupor de la gente no pudo impedir que el nigromante fuera derribado de un golpe, mientras que el individuo tomaba entre sus manos la esfera de metal. Sintiéndose absoluto, se dirigió al oráculo imperativamente:
-¡Quiero saber el secreto que encierras!
Cualquiera hubiera dicho que el artefacto no funcionaría; sin embargo, empezó a oscilar como no lo había hecho nunca, desprendiendo una luz tan poderosa y brillante que la gente pensó que quemaría la mano de quien la sujetaba. Pero no pasó así: la luz se limitó a escalar la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza -la estúpida cabeza codiciosa, ignorante de su trágico fin. Un brevísimo instante el rostro del individuo pareció sonreír, imagen que contrastó violentamente con la expresión de sus ojos, inyectados en sangre. La idea “reaccionó” de tal manera en la mente del individuo que lo hizo retroceder tambaleante, como herido en el cráneo por una descarga eléctrica, obligándolo luego a arrodillarse gimiendo y arrojando espuma por la boca. La eternidad duró dentro de aquella cabeza como un fuego terrible, abrasador. Finalmente, colapsado sobre el piso como un objeto deforme, el individuo murió.
IV
Al interior de K… las opiniones eran encontradas: por un lado, había los que afirmaban que el anciano era el responsable directo de la muerte del individuo por haber inventado un artefacto diabólico; por otro, los que decían que el viejo era inocente, y que aquel individuo había recibido una merecida lección. En todo caso la circunstancia era una: según los comenderos de la corte donde se procesaba el caso, alguien debía pagar por el asunto. No sirvieron de mucho las protestas de aquellos que habían sido beneficiados por los dones de la esfera. El juicio no podía supeditarse al criterio de prácticas tan dudosas como la magia o la adivinación. Así, fueron descartadas todas las declaraciones que hacían referencia a dichas prácticas, poniéndose atención estrictamente en los hechos. Entonces se dedujo que, si bien el homicidio no se había perpetrado directamente, no se puso en aviso del potencial peligro que encerraba el servicio brindado por el anciano. Para zanjar posibles reincidencias –ese fue el argumento de los jueces- el Tribunal decidió aplicar contra el acusado la pena capital.
V
Faltaban diez minutos para la consumación del cadalso. En su celda, el anciano meditaba el funesto resumen de los acontecimientos. Inicialmente, el horror de haber concebido un artefacto siniestro le torturaba el alma como un demonio. De este modo sabía que debía pagar el precio de su invención. Sin embargo en el fondo trataba de explicarse la reacción de la esfera, llegando a la conclusión de que el mundo no estaba preparado para ella. “Cualquier debilidad humana, por pequeña que sea, debe traer como consecuencia la muerte”, dijo abatido por una profunda tristeza. El individuo fue fulminado por la Idea, pero la Idea no le mató; lo hizo su inconciencia, su falta de lucidez, su escaso entendimiento. El individuo no pudo soportar la revelación de la Idea que fue letal como un veneno en manos de un bebé.
El anciano pensaba ¿cuántas personas son capaces de soportar el peso de la Idea? ¿Cuántos seres, presentes o futuros, tendrán la lucidez necesaria para estar a la altura de la Idea? Esta y otras cuestiones meditaba el anciano mientras los dos custodios que resguardaban su celda le conducían afuera, rumbo a su destino.
-¿Algún requerimiento?- le preguntó uno de ellos.
-Deseo que me traigan por última vez mi esfera- dijo mirando a fondo el horizonte.
La muchedumbre -ardiente por el fervor del instante- alzaba su voz inquisidora como un flujo venido de una sola conciencia. Solamente unos pocos, dispersos entre la multitud, lloraban como dando a entender que comprendían el genio del anciano. La esfera fue llevada a manos de su creador. En el aire flotaba como un juez absoluto la cuchilla que habría de dar fin al asunto. Una paloma blanca pareció vislumbrarse en las alturas. El verdugo leía con absurda dicción el veredicto. De las manos del viejo pendía el artefacto -el péndulo de plata- refulgiendo y vibrando como un ojo de fuego en la oscuridad.