"HAY QUE SER ABSOLUTAMENTE POSTMODERNO"

miércoles 3 de febrero de 2010

El Péndulo de Plata

I

El reloj de la sala desgajaba las doce, hora sincronizada cronométricamente con su reloj de bolsillo y con el reloj de B…, el edificio más alto y antiguo de la ciudad. Sin embargo, no era la mesura del tiempo lo que le preocupaba; hacía ya varios meses que la había dejado a cambio de un esquema de tiempo más personal, un esquema de tiempo -fuera del tiempo común de la gente y los relojes- con el que se pudiera pensar holgadamente. Esta fórmula, aplicada al inicio de sus meditaciones, dotaba a su imaginación de cierta elasticidad. Por cada claridad acumulada aparecía en su mente una claridad mayor que parecía acercarle con lucidez a su objetivo: el hallazgo de la Idea perfecta.

Habiendo hecho una escala jerárquica, enmarcada en una tabla numérica, colocaba en su rango respectivo cada idea que se hacía presente en su cabeza. Había calculado que, en suma, su mente generaba 175000 pensamientos por día, el doble de pensamientos generados por cualquier cerebro convencional. Observando que cada pensamiento “fluía” como cosa independiente uno de otro, logró armar una serie de secuencias de pensamientos que se correspondían entre sí, obteniendo de este modo la concreción de ideas, a saber: doscientas cuarenta y ocho ideas al final día. Para un cerebro que explota el doble de la capacidad normal, tal escasez de ideas provoca frustración. Por lo tanto, era preciso acudir a toda clase de fuentes; leer e investigar constantemente en libros, manuelas, recetarios, periódicos, revistas, suplementos, compendios, asiendo incluso ideas provenientes del sueño, que eran más difíciles de materializar. Así logró enumerar, al cabo de unos meses, una cantidad muy respetable de ideas de todas las variantes y sentidos posibles. En el nivel más bajo reinaban las ideas superficiales, producto de un sentido común elemental; en un segundo plano, las ideas que estaban sustentadas por una base técnica y metodológica; en el plano próximo superior, todas aquellas ideas –las menos- inspiradas por una reflexión filosófica profunda. Era en la escala más alta, sin embargo, donde la ausencia de ideas dejaba una irritante sensación de miseria. ¿Cómo lograr la idea superior, la idea máxima, la idea primigenia?

Una tarde, caminado reflexivamente por la calle, miró al fondo de la Avenida A… una fachada que sobresalía de las otras por su aspecto nocturno y sugestivo. Con vaga decisión -podría decirse casi en automático- encaminó sus pasos hacia ella, mirándose de pronto en su interior. Sin más, pudo notar que se trataba de una taberna, escasamente concurrida, pero amena y dispuesta con calor hogareño al visitante. Solicitó una mesa y una bebida rápida, al parecer un wishky, que fue servida al momento en una brillante y pulcra copa de cristal. No bien había apurado la tercera tanda cuando noto -primero como una ráfaga, luego como una explosión- una idea indescriptible proveniente del fondo de la copa. “¡Es genial! ¡Es genial!” gritaba de emoción dando saltitos de niño y abandonando al tiempo su refugio, corriendo hacia la calle seguido del copero, quien le gritaba al filo de la puerta: “¡Ladrón, ladrón maldito! ¡Ya regresarás!”.

Una farola opaca iluminaba el recinto. Las velas en la mesa vencidas por el fuego simulaban el humo de una pipa. La clara idea brillaba como un diamante indócil en el centro de su cabeza. Pese al tiempo gastado, no pudo conseguir plasmarla en el papel: una rotunda pila de hojas desgastadas sobre la escribanía era el fruto concreto de la inversión. Los días sucedieron, pero las pretensiones no ¿Cómo guardar aquella idea magnífica, superior, divina, fuera de él? Escribirla era inútil. Debía existir la forma de concretarla en algo, un objeto específico –una especie de piedra filosofal, pensaba recordando sus lecciones de alquimia- un artefacto mágico capaz de soportar el resplandor, la fuerza, de tan flamante idea, una mente mecánico hecho a imagen y semejanza de la mente real, un mecanismo… ¡Cómo no haberlo pensado antes¡ ¡Un reloj! ¡Un reloj debe ser la maquinaria perfecta, la vital sincronía, el contorno del sueño calculado y tangible; un reloj matemático y abstracto, sensible y objetivo como el cerebro humano¡

II

A simple vista, cualquiera podría afirmar que no se trataba, esencialmente, de un reloj. Su forma inconfundiblemente esférica y cromada daba más bien la imagen de una pelota, una pelota metálica sostenida como un péndulo por un hilo de plata. ¡Quién podía sospechar que aquella pequeña esfera -sus diminutas piezas de exquisita ingeniería, su mecanismo interno finamente ensamblado- preservaba la Idea más gloriosa jamás pensada por la humanidad! Era preciso resguardarla con celo de los curiosos, los ansiosos, los sospechosos, los ventajosos y los ambiciosos. Y no sólo cuidarla de esta clase de gente: mostrarla equivaldría arrastrar al mundo entero a cometer ultrajes dignos del más oscuro fanatismo. Por otra parte, la magistral Idea podría solucionar con creces muchos de los problemas humanos más comunes, a saber: el hambre, la pobreza, el desgaste de los sistemas, el deterioro ambiental, así como fungir como bálsamo definitivo a muchos de los cuestionamientos filosóficos y religiosos de la historia. Dosificar la Idea, consultar sutilmente los preceptos de la Idea, minimizar su efecto potentísimo con el fin de prevenir insospechadas catástrofes, era lo esencial. Por tales motivos, debía reservarse el secreto de su enigma, y sólo en ocasiones, lugares o circunstancias planeadas, cargaba con la esfera. Así se fueron haciendo discretas exhibiciones, con exclusivos públicos, del poder de la Idea sitiada en su artefacto, inofensiva y maleable, planteando soluciones directas y precisas a los requerimientos del consultante.

La Idea y su preceptor cobraban notoriedad gracias a dos conceptos bien combinados: la discreción y la fama. Políticos, guías espirituales, grandes reyes y señores venidos de diferentes puntos del planeta, acudían invirtiendo jugosas sumas de oro con objeto de consultar a la aclamada Idea. Pero la Idea actuaba lo mismo para los poderosos que para los menesterosos. La idea oracular que esclarecía lo oculto, ocultaba lo evidente, maniobraba lo ignoto, ignoraba lo adusto, dislocaba lo firme y hacia creer al necio y descreer al idólatra, entre otras numerosas cualidades insondables.

Un domingo, el portador del oráculo decidió realizar una demostración en las afueras de K... Una sesión modesta y restringida -según la norma previa- cuyo ambiente brindara tranquila expectación. Detallando el sistema que solía aplicarse, el preceptor llamaba a uno de los concurrentes, elegido al azar, para que se sentara ante él y formulara una pregunta específica sobre cualquier problema. En seguida la esfera, como si se tarara de una especie de objeto maravilloso, oscilaba espontánea pendiendo de la mano derecha del monitor. Pasados uno segundos, comenzaba a vibrar ante la admiración del foro, desprendiendo un destello de luz que iba ascendiendo por el hilo de plata, pasando por la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza, donde se transformaba verbalmente proyectándose en forma de respuesta. Luego de la demostración, se realizaban sesiones en privado en las que el consultor y el consultante convenían el precio según los atributos de la pregunta –o, según fuera el caso, la economía en cuestión. Terminada la última consulta, la gente se marchaba agradecida y admirada por el genial “milagro”.

Aquella oscura tarde, en las afueras de K…, la concurrencia fue mucho más numerosa de lo habitual. Habían pasado apenas tres personas a consulta y el preceptor sentía un agotamiento incómodo, “muy poco común en estos menesteres”. El cuarto consultante –un individuo flaco, de mirada vacía- se acomodó en la silla dispuesta para él. Luego de intercambiar algunas palabras -la mayoría de ellas visiblemente ríspidas y ajenas al protocolo- el individuo enjuto se alzó de su poltrona tirándola hacia atrás con el impulso, tomando por el cuello al monitor y gritando:

-¡Necesito esta bola, viejo idiota!

El estupor de la gente no pudo impedir que el anciano fuera derribado de un golpe, al tiempo que el individuo tomara entre sus manos la esfera de metal. Sintiéndose omnipotente -y al parecer investido de una confianza plena- el individuo se dirigió al objeto bruscamente:

-¡Quiero saber el secreto que encierras!

Cualquiera hubiera apostado que el artefacto no funcionaría. Sin embargo, la esfera empezó a oscilar como no lo había hecho antes, desprendiendo una luz tan poderosa y radiante que la gente pensó que quemaría la mano de quien la sujetaba. Pero no pasó así. La luz se limitó a escalar la mano, el brazo, el hombro, el cuello, hasta llegar a la cabeza -la estúpida cabeza codiciosa, ignorante de su trágico fin. Por un lapso de tiempo mínimo, el rostro del individuo pareció sonreír, imagen que contrastaba con la expresión de sus ojos, inyectados en sangre. La idea comenzó a procesar de tal manera en la mente del individuo que lo hizo retroceder tambaleante, como herido en el cráneo por una descarga eléctrica, obligándolo luego a arrodillarse gimiendo y arrojando espuma por la boca. La eternidad duraba dentro de aquella indigna cabeza con el dolor más intenso que se pueda imaginar. Finalmente, colapsado en el piso como un feto deforme, el individuo murió.

III

Al interior de K… las opiniones eran encontradas: por un lado, había los que afirmaban que el anciano era el responsable directo de la muerte del individuo por haber inventado un artefacto diabólico; por el otro, los que decían que el viejo era inocente, y que aquel individuo había recibido una merecida lección. En todo caso, la circunstancia era una: alguien debía pagar por el asunto, según los comenderos de la corte donde se procesaba el caso. No sirvieron de mucho las protestas de aquellos que habían sido beneficiados por los dones de la esfera. El juicio referido a la relación de los acontecimientos no podía supeditarse al criterio de prácticas tan dudosas como la magia o la adivinación. Así, fueron descartadas todas las declaraciones que hacían referencia a dichas prácticas, poniéndose atención estrictamente en los hechos. Entonces se dedujo que, si bien el homicidio no se había perpetrado directamente, no se puso en aviso del potencial peligro que encerraba el servicio brindado por el anciano. Así que la Encomienda dictó formal sentencia por el delito de homicidio imprudencial. En aquel tiempo, el delito de asesinato solía sufragarse con pena capital, es decir, con la muerte.

Faltaban unas horas para la consumación del cadalso. En su celda, el anciano meditaba el funesto resumen de los acontecimientos. El horror de haber concebido una “idea asesina” le torturaba como un demonio el alma. Por una parte, sabía que debía pagar el precio de su invención. Sin embargo, en el fondo, trataba de explicarse la reacción de la Idea, llegando a la conclusión de que el mundo no estaba preparado para recibirla. Cualquier debilidad humana, por pequeña que fuera, debería traer como consecuencia la muerte. Explicada la muerte no como algo tajante, sino como un proceso de paulatina degradación. El individuo fue fulminado por la Idea, pero la Idea no le mató; lo hizo su inconciencia, su falta de lucidez, su escaso entendimiento. El individuo no pudo soportar la revelación de la Idea, poderosa como un veneno en las manos de un bebé.

El anciano pensaba ¿cuántas personas serían capaces de soportar el peso de la Idea? ¿Cuántas personas, buenas o malas, presentes o futuras, tendrían el vigor de comprender los alcances de la Idea? Esta y otras cuestiones meditaba el anciano mientras los dos custodios que resguardaban su celda le conducían afuera, rumbo a su destino.

-¿Algún requerimiento?- le preguntó uno de ellos.

-Deseo que me traigan mi esfera- dijo mirando a fondo el horizonte.

La muchedumbre alzaba su voz inquisidora como un flujo venido de una sola conciencia. Solamente unos pocos, dispersos entre la multitud, lloraban como dando a entender que comprendían el genio del anciano. La esfera fue llevada a las manos de su dueño. En el aire flotaba como un juez absoluto la cuchilla que habría de dar fin al asunto. Una paloma blanca pareció vislumbrarse en las alturas. El verdugo leía con absurda dicción el veredicto. De la mano del viejo pendía el artefacto, el péndulo de plata, refulgiendo y vibrando como un ojo de fuego en la oscuridad.

domingo 2 de agosto de 2009

Cardo Algebraico

Sentencia encapsulada en un sueño-atrapamoscas.

Día 1

Bien visto nada impide que uno pueda dormir, dilatar el cuerpúsculo sobre la superficie blanda del colchón y dejarse magullar por el oleaje paulatino del sueño. A fin de cuentas dormir es facultad necesaria y lógica del cuerpo y de la mente. La acamulación de imágenes durante el estado alfa provee a la conciencia de herramientas perfectas a la creatividad. Pero mi mal –ahora lo designo con este nombre- poco tiene que ver con la armonía previa a la etapa de sueño profundo.

Comenzó como si nada: dos horas de letargo incorporadas a las ocho horas de sueño habituales. Mi actividad diurna no se miró afectada en lo más mínimo. Dormir seis horas diarias termina convirtiéndose en costumbre. Pero cuando la cifra se redujo drásticamente a cuatro, luego a dos, luego a cero, me alarmé. Para matar el tiempo y engañar a la mente, uno recurre a ciertos subterfugios que mitiguen la actividad cerebral hasta convertirla en una especie de vacío y, por ende, en cansancio. Durante varias noches realicé improducitivos ejercicios: contar número, contar palabras, contar objetos, dar vueltas alredor del cuarto, leer libros de historia… Incluso conseguí una guía de autohipnosis que resultó fatal porque, en vez de ayudar, me hizo obsesionarme doblemente en el problema y en el complejo hilo que une la vigilia y el sueño.

He pasado tres noches enteras sin dormir. Noches que, sin embargo, me han hecho valorar, en su apacible horror, los atributos propios del descanso. Confieso que hubo noches en las que resistí dormir a cambio de dilatar el tiempo de actividad conciente, a cambio de hacer cosas que me apetecen mucho: leer, escribir, ver cine alternativo, escuchar música, etcétera… Horas de sueño trocadas para siempre en egoísta deleite. Horas de sueño que ahora me escupen a la cara negándome su despótico bálsamo.

Por eso he decidido ir mañana al doctor. No me gusta ir al doctor o no quiero ir porque no tengo la costumbre. Pero ahora me encuentro terriblemente mal: me duele la cabeza todo el rato, me recuesto un segundo y me descubro mirando un punto fijo, algo insignificante y siento que, de un momento a otro, me quedaré perdido para siempre…

Dia 2

Una sala de espera es como estar varado en el Purgatorio. Al menos así lo siento. Ha salido un paciente que al principio se veía miserable, pero ahora se le nota colmado de una cierta esperanza. No escucho de inmediato la voz de la enfermera, quien repite mi nombre hasta obtener respuesta.

-Es su turno. Pase por favor.

Apenas en el consultorio, me tumbo en el diván –mecánicamente- mientras me llevo las manos a la cara. La voz madura del médico me indica levantarme. Su timbre es gutural pero armonioso. Ha leído mi ficha. Me pide que me siente en una silla. Obedezco. Él saca una palita de madera de un cajón y la introduce en mi boca, explorándola como si la dolencia estubiera impresa en mi lengua, luego toma una lámpara y hace lo habitual. Mis ojos arden de un rojo tempestuoso. El médico formula las preguntas de rutina:

-¿Conflictos laborales?
-El trabajo va bien.
-¿Problemas con su esposa?
-No tengo esposa, doctor.
-Yo sí, por eso le pregunto (sic).
-Descuide, doctor.
-¿Toma usted enervantes?
-Un poco de café por las mañanas.

No agrega nada más; se dirige a un mueble, extrae un folio de recetas y llena una de ellas con cierta prisa. Me entrega el papelillo diciendo que compre esas pastillas, que son para dormir. Debo tomar una dosis antes de acostarme, evitando la cena pesada. Ya más tranquilo, estrecho gratamente la mano del galeno y salgo del consultorio, rumbo a la farmacia.

Es de noche. Tengo en mi mano el frasco de pastillas. Son blancas y ovaladas. Apuro dos de ellas con un poco de agua. Me acuesto en la cama, cierro los ojos y espero el ansiado efecto. Por mi cabeza desfilan imágenes aisladas que no logran armar un sólo pensamiento. Mi cuerpo está callendo en el sopor lentamente, irreversiblemente. Hay descansos maduros que podemos sentir porque nos llenan de vigor. Este descanso no, sedarme me acompleja y minimiza. Apenas cierro lo ojos y los abro -un miserable instante. Está amaneciendo.

Día 5

He realizado al máximo todas las tareas cotidianas con el fin de extenuarme. Supongo que no hace falta: ahora tengo pastillas y un afán impetuoso de dormir. Estoy sobre la cama con las cápsulas y el vaso transparente en las manos. Las apuro de un sorbo, me recuesto y espero el efecto deseado. Pero no pasa nada. Pasa el tiempo –lo sé porque lo siento pasar por mi cabeza. Una hora, dos horas, tres horas… nada. Tomo una nueva dosis, que repito al día siguente, al otro, al otro…¡Esto no me lo creo! Me siento peor que antes de ir a la consulta: drogado y sin poder dormir.

Día 9

Vine a verlo porque me lo recomendaron, porque a estas alturas es mi única esperanza. En el trabajo me dieron dos días de descanso. Desde luego, sin goce de sueldo porque el contrato no cubre problemas con el insomnio. ¡Vaya mierda! Necesitan verlo a uno cayéndose a pedazos. Pero yo vine a verlo y esto no porque crea con fervor en la metafísica. Se llama Abraham y es un señor judio, de ademanes judíos, como suelen ser ellos. De su atuendo destacan un medallón plateado en forma de media luna, una camisa roja de mangas exorbitantes y un bastón de madera bellamente tallado. Su casa es muy austera, pero extraña. Le he platicado todo a cerca de mi dolencia. Me asombra que ha entendido cada una de mis palabras –o eso parece. Su complexión barbuda inspira sobriedad:

-Considero que usted tiene un pequeño problema –dice el judío seca y firmemente-: ha olvidado por completo la fómula para coinciliar el sueño.
-¿Eso es posible? –pregunto sin entender.
-Tan posible como que nos estamos mirando mutuamente.
-Pero ¿cómo ha podido suceder?
- Sucede realmente poco, desde luego. Mi experiencia y sus síntomas me dictan que es así.

Un ceño indecifrable comienza a dibujarse en su mirada. No estoy seguro de saber a dónde quiere llegar. No tengo antecedentes de alguien que haya perdido, bajo ninguna circunstancia, la facultad de dormir. Supongo que todo esto corresponde a una lógica cuyo sentido del humor no deseo –o no puedo- comprender.

-¿Ha escuchado la fábula del sapo y el cienpiés? –pregunta mientras apoya la barba en el bastón.
-Creo que no- contesto confundido pero atento.

El judío toma aliento y comienza a narrar como si hubiera repetido aquella historia miles de veces:

-Un sapo muy mezquino y envidioso vio pasar a un cienpiés que se encontraba ocupado tratando de conseguir comida. La compleja cadencia de la marcha del cienpiés hipnotizaba al sapo, quien no podía explicarse cómo un insecto de esa naturaleza pudiera ser tan hábil cazador. Repentinamente el sapo atajó con su verde redondez la trayectoria del insecto, esbozando con fuerza: “Veo que eres muy rápido y no te has dado cuenta de mi presencia. Si quisiera podría devorarte de un bocado, pero este día amanecí contento y te dejaré vivir si contestas lo que voy a preguntarte: ¿Cuál de todas tus patas mueves primero cuando inicias la marcha?”. El cienpiés, más que asustado, estaba confundido por la actitud del sapo, pero no tardó en contestar a la pregunta, diciendo: “La respuesta es sencilla: la primera pata que muevo es ésta – el cienpiés movió una de sus patas, pero se dio cuenta que ninguna de las otras le respondía, así que corrigió- no, no, no; me parece que es esta otra…” El cienpiés intentó caminar con cada una de sus innumerables patas, fallando tristemente en cada intento, de tal modo que había quedado paralítico.

-¿Y esa historia qué tiene que ver con el insomnio?- pregunto ingenuamente.
-Esta enseñanza sufí encierra grandes secretos. Le explicaré uno de ellos según mis nociones. Digamos que el cienpiés representa su subconciente, el cuál vivía libre y autónomo y sin complejos actuando de manera natural. Ahora bien: el sapo representa su conciencia, que ha activado un mecanismo de control arbitrario sobre su subconciente, obligándolo a mantenerse parcialmente inactivo. Su conciencia le ha tendido una miserable trampa y ahora domina todas sus acciones, incluso las que son producto del instinto, neutralizando su capacidad para poder dormir.

La breve explicación, para mi gusto algo técnica, parece convincente. Por otra parte, no puedo evitar sentirme miserable. El judío me mira con cara de compasión. ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente el sueño? ¿Habrá una solución a mi dolencia?

-Para confortarle un poco –continúa- le diré que he tratado a dos personas con su mismo malestar; el primero de ellos ya no está entre nosotros; el segundo está recluido en un psiquiátrico de la capital. Ambos casos han aportado a la ciencia, es decir, a las prácticas que ejerzo, importantes avances. El sueño es un juego interior muy personal, una soledad doble donde dialoga lo que somos con lo que desearíamos ser. Quizá por tal motivo siempre me ha impresionado. Soñar despliega mundos de otra forma impensables. La fuerza onírica descompone la materia objetiva y nos invita a mirarla desde su realidad cósmica. Esta descripión del sueño podría parecer algo esotérica, pero ¿acaso no es el sueño una manera especial de acercamiento con lo divino? “Hay tantos caminos hacia Dios, como almas de hombres”. Por otra parte, lamento decir que si usted no duerme un poco en menos de veinticuatro horas, no sólo podría morir de cansancio cerebral, sino también por falta de interación con el Cosmos.

Estoy desesperado, inmerso en una especie de limbo mental:

-¡Dígame lo que debo hacer, se lo suplico!

El judío se levanta de su sillón. Escudriña en un bulto de papeles que tiene colocados meticulosamente en un estante. Su mano de largos dedos de judío toma con sumo cuidado un pergamino, que parece muy viejo. Lo coloca sobre la mesa y lo extiende, examinándolo detenidamente. Luego saca una llave, se acerca a un arcón arrinconado y lo abre. Desde mi asiento puedo observar que el cofre guarda una serie de curiosos objetos, “dignos sólo del arte”
–aclara. De entre aquellos guijarros desempolva una pequeña caja de metal cuyo exterior revisten sugestivos grabados:

-Esta reliquia –dice- me fue obsequiada por un maestro birmano llamado Mya Hsaya, gran gurú de la tribu de los pegu, al darse cuenta que yo había dominado el arte de convocar espíritus. Las instrucciones de su uso están grabadas en este pergamino, el cual contiene también una oración -que le enseñaré a leer correctamente. Los signos están escritos en una lengua cifrada, y son los mismos que mira incrustados en la caja.

-Es hermosa- murmuro contemplando con fijeza los símbolos y el explendor metálico del objeto.
-Sí, lo es, y únicamente existen dos de ellas en el mundo. Es tan extraña que su sólo uso requiere de años de preparación. Desde luego, no pretendo que sepa manejarla por completo; basta con aplicar las sencillas instruciones que voy a señalarle. Pero debo advertirle: los resultados pueden ser inciertos. Es necesario tener el oído muy limpio para poder entender el lenguaje de la caja.
-¿Ese objeto habla? –pregunto con cierto estupor.
-Si quiere definirlo así, diremos que puede hablar. Más bien lo que contiene es la música misteriosa de la tierra que se sincroniza con la música del universo.

Tras serme reveladas precisas instrucciones, como el modo algo exótico de operar el instrumento –por ejemplo, al abrirlo era necesario realizar una danza muy parecida a la yodaya, empleando movimientos prolongados con los pies y las manos, recitando previamente la oración “con fervor, para optimizar el efecto”- recibo ambos obsequios, al tiempo que le extiendo a mi benefactor un fajo de billetes sin contar. El judío me mira sentencioso:

-Si yo le cobrara por esto sería un repugnante charlatán. Tomémoslo como una consideración especial. Además, si el rito no funciona me temo que no volveremos a vernos, al menos en este mundo.

La cajita de música del Cosmos.


He estado practicando la oración hasta memorizarla. Curiosamente no me siento cansado. Mi instinto de supervivencia parece haber potenciado mis capacidades. Sé que no soy un hombre fervoroso, a lo sumo creyente, pero quiero esforzarme para que el resultado sea favorable. Ahora estoy preparado para ejercer el ritual. He montado al pie de la letra el escenario, tal como lo marcó el judío: unas velas aromáticas; un atuendo ligero, estrictamente blanco; las paredes cubiertas con frazadas oscuras; un círculo en el suelo –con la caja en su centro-; un ambiente sereno y relajado. Cuando todo está listo, comienzo a recitar la oración con la fuerza que mi escasa fe me permite:

“Ol-lan Ya-feh gun-dú vera-cid sum
Ol-lan Ya-feh bun-dí, bun-dí ni-mí
Had-já su-far Nigar al-yesham Lum
Had-já proter hya-sha mu-dir al-shid.”

Hecho esto, abro con cuidado la pequeña caja y, al instante, miro cómo la habitación empieza a cobrar una luminosidad extraordinaria, como si las frasadas manaran una indecible luz policromática. Con gran delicadeza camino en torno al círculo moviendo pies y manos en ademán ritual. Una melodía imponente brota del pequeño aparato, a medida que los movimientos se vuelven más graves, pues en ello consiste otorgar vitalidad al objeto. De pronto, como en una visión, el techo de la estancia se vuelve transparente, a modo de pantalla proyectante sobre la cual se forman figuras de pájaros planeando en remolino y accediendo a lo ancho de la estancia, al tiempo que la bella melodía va tornándose en un místico crecendo. Para mí es imposible describir el lenguaje de aquella hermosa música y de aquellas visiones –producto, seguramente, de una alucinación-, e ignoro cuánto tiempo durará la experiencia; sólo sé que no quiero dejar de disfrutarla porque me siento inmerso en una calma imponente, en una dulce gloria sensitiva, en una obra maestra nacida del instante. Sin embargo, lo que parece interminable, culmina de manera tan abrupta que casi ni lo noto porque caigo rendido –como en éxtasis puro- en las profundidades oníricas.

Día 0

Estamos en el campo de batalla. Mis manos sangran, mis pies sangran, mi rostro sangra. Es la sangre del enemigo mezclada con la mía. Tengo sueño pero el dolor se niega a concederme descanso. Algunos de mis enemigos yacen ahora mismo en el infierno. Sé que no los odiaba. No hubo tiempo de odiarlos. Cómo hacerlo cuando se tiene a la muerte cara a cara. Escasamente hay Dios donde los hombres luchan. Y me duelen los huesos, mis músculos se crispan. Todo pasa como un viento. Los Recuerdos. Los Recuerdos son caballos al galope sobre un valle de piedra. Tengo sed. La mano, la mano responde al fuego de la espada, responde al fuego de un cuerpo (ráfaga, sensasión de recuerdos). Quisiera estar en casa, tomar café, una copa de vino, embriagarme, correr sobre este campo que no fuera maldición. Ahora no estoy aquí; mi cuerpo no está aquí. La mente cambia de forma lo que los ojos miran. Ahora estoy corriendo. Un hermoso jardín se abre a la mirada: una fuente, un árbol, un sol maravilloso. Podría ser verano. Quién sabe. El sol, el sol con sus cristales de fuego baña el mundo. Una muchacha corre, son dos muchachas, tres, se ven contentas. Corren cuesta abajo rumbo al río. ¡Qué alegres! Yo quiero estar alegre como ellas, ser libre. Corro también. Ahora se desnudan a orillas del gran río, sonríen, juguetean. Yo las miro desnudas protegido entre ramas. No hay silencio sino música, pura Naturaleza. Amo la música. De niño tuve un pequeño gorrión que cantaba todo el tiempo graciosamente. Un gorrión pequeñito, pienso. Pienso pero me encuentro ahora en pleno vuelo. Soy un ave, me he convertido en ave. Desde lo alto miro las ciudades, las casas diminutas, las personas corriendo como hormigas organizando el mundo, organizando el tiempo, repartiendo los días y las noches en volubles estancias. Cambiar, buscar progreso. La gente corre, parece preocupada. A mi no me preocupa. Soy un ave. Quizá soy un espíritu que ha perdido su cuerpo voluntariamente. Rozo el aire con mi cuerpo de estrella consumada, volátil, emergente. La Noche. Lo recuerdo. Tengo miedo a la noche. Algo debió pasar alguna noche. La oscuridad, un ruido, un silencio. Desciendo torpemente. Abro los ojos, estoy solo, la habitación oscura. Alguien llama a la puerta. Es mi padre. Es mi padre que dice que se va. Yo no debí escucharlo a los dos años. Mi madre llora en otra habitación. Sus lágrimas brillantes debajo de la lámpara, su mirada impotente. Yo no lloro. No sé llorar desde entonces. Sólo este miedo atroz de la inocencia por lo que no se entiende. La oscuridad, la noche. Despertar exaltado, superar el silencio, salir a la calle para encontrarse a alguien. Así llega un amigo: platicar una pena, compartir la miseria. Así llega una mujer, no cualquier mujer, una mujer que sepa sostener en sus manos el corazón del hombre, el corazón cansado y abatido del hombre, darle fuerza, recostarlo en su vientre, consolarlo, consolidarlo. Una mujer. Yo tengo una mujer. Estoy con ella ahora. Nos hemos agarrado de la mano. Olvidamos el mundo. Esto hacen los amantes: inventan la realidad, su realidad. Estoy viendo sus ojos, sus ojos siempre bellos, sus caderas, sus nalgas. Hacemos el amor. Hemos hecho el amor miles de veces, en mi cabeza, entre sus piernas. Yo me perdí en sus ojos para creer que un día la felicidad existió. La vida pasa sola frente a mi: una bonita boda, los comenzales sonrientes (brindan), las damas de compañía, las señoras Esperanzas, todo para ceñirse luego a la costumbre abrazando al destino con paulatina frialdad. El deseo termina por aburrirse. Años. La cabeza agachada cada vez. Un día alzar la voz, revelarse, partir, volver a la soledad, pasar las horas como un mueble (años), resignarse. Saltar de lo grotezco a lo paradisiaco sucede todo el tiempo: el drama personal, el desgarramiento interior, aprender a vivir como se pueda, cobrar conciencia desde la inconciencia. Todo esto es un sueño, ya lo sé. Las cosas pasan casi sin sentido: tantas vueltas de vida para llegar a un instante. Canto y bailo y me desnudo si quiero porque todo esto es un maldito sueño, qué carajo. Los sueños carecen de dimensión y de lógica, son dimesión y lógica desnudas como el cuerpo de las muchachas en el río, como el agua callendo por sus desnudos puros y sus cantos y sus cabellos rubios como estrellas y el beso de la mujer que amo y el dolor, todo el dolor y toda la felicidad desnudándose; un sueño tan desnudo como caer al mundo un día cualquiera para iniciar la marche interminable, la marcha de este cardo algebraico que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite, Que se repite como una ecuación monstruosa, como un instante obseso, como la locura. El sueño de este sueño sin forma; vivo en él desde hace miles de años, desde antes de mi nacimiento vivo en él. Y no es que esté anhelando por ello la vigilia, su lógica arbitraria, sus guerras fratricidas, sus noticias veladas, su ambigua humanidad. Vigiliavigiliavigilia: no es que la esté anhelando: elproblemaescómodespertar…

viernes 10 de abril de 2009

Post-pop


Ah, pero entender la lengua es otra cosa.

Entenderla para usarla como una flor o un arma,

para desarmarla.





El día que cambié mi vieja máquina de escribir por un ordenador con impresora incluida no me sentí muy bien, pero al menos estaba entrando en la era digital con un artículo de primera necesidad. Siendo honesto, yo soy un gran amante de las cosas antiguas, de los objetos que conservan historia y merecen ser tratados como viejos amigos. Así que coloqué la máquina en una vitrina donde se hiciera visible, donde pudiera mirarla sin problema para inspirarme y recordar los textos que habíamos escrito juntos. Si bien de mi cabeza no salen con frecuencia fábulas extraordinarias, puedo preciarme al menos de que algunas de ellas han dejado buena impresión en sus contados lectores.

Las noches subsecuentes sentí cierta nostalgia por la máquina, pero la agilidad inherente a un procesador de palabras me ayudó a superarla. En unas cuantas semanas me adapté por completo al aparato, y las ideas que iba plasmando se hicieron más fluidas, más concretas, más lúcidas (adjetivos que terminé tragándome cuando viví la historia que les voy a contar).


Apelativo: Typewriter modelo Remington 1913.


Una vez más me he quedado dormido sobre el escritorio. Una vez más he derramado el café sobre los libros y he dicho maldiciones. Pero no ha sido esto ni el efímero descanso lo que me ha despertado, sino un sonido concreto, muy familiar, proveniente de la vitrina: el ruido de las cuchillas de metal chocando contra el rodillo de la máquina. Omito por decoro las bochornosas emociones que suele sentirse ante tales fenómenos. Simplemente me incorporo y me acerco al artefacto, el cuál, espontáneamente, deja de accionar. Intrigado, lo saco de su estancia y lo coloco en el lugar donde yacía previamente el teclado del computador. Lo examino unos segundos –o minutos, el tiempo es lo de menos- y al suponer que todo se trata de una alucinación, me rasco la cabeza y me voy a la cocina por un trapo para limpiar el desorden del café.

Acto seguido, ya con el trapo en la mano frente al escritorio observo que la máquina vuelve a accionar y doy un salto hacia atrás, instintivamente (ahora las emociones no me parecen bochornosas, sino escalofriantes). Escéptico y sigiloso, me acerco nuevamente, mientras la vieja máquina sigue destronando al silencio con su ruido mecánico. Pero veo que el movimiento de las cuchillas no es aleatorio, sino firme y continuo, como el de una redacción. Sin dubitar, extraigo del escritorio una hoja blanca y la inserto en la ranura del rodillo. La hoja es absorbida casi automáticamente, pero ya está dejando de ser blanca, porque en ella se imprimen unos caracteres negrísimos en perfecto español que al calce dicen:


-Gracias por sacarme de la vitrina, me estaba sofocando horriblemente.


Dado que no soy un experto en dialogar con máquinas de escribir, me quedo paralizado unos segundos –o minutos, qué importa- hasta que tomo aliento y comienzo a teclear sobre ella con movimientos azorados:

-¡¡¡¿Quién eres?!!! ¡¡¡¿Qué quieres?!!!

Toca su turno y escribe:


-Tranquilo, no te exaltes. Hasta ahora no necesite manifestarme, pero ya que me has cambiado por esta perra, tenia que hacerlo. Mi nombre es Typewriter, soy un mecanografo profesional Remington 1913, porque ese es el ano en que me fabricaron y ese es el nombre de mi disenador, pero yo soy poliglota, asi que no te preocupes y sigamos charlando.


¿Políglota? ¿Reminton 1913? ¿Qué es todo esto? Había escuchado hablar de personas poseídas por espíritus, pero una máquina de escribir es demasiado…


-Yo no soy un objeto poseido por ningun espiritu –replica tras haberle formulado una serie de preguntas-; tampoco estas sonando ni estas loco. Debes tomar las cosas tal y como las estas viviendo. El mundo comun es para la gente comun, y tu en este momento dejas de serlo porque tienes en tu poder algo que todos los escritores desean: un “hacedor de historias”.

El Hacedor de historias.


Todos los mecanógrafos tenemos rasgos comunes que nos identifican; por ejemplo, el diseño, el orden de las teclas, la aplicación de cintas de carbón, etc. Sin embargo, cada uno de nosotros es único y diferente, pues nos vamos adaptando a las necesidades y usos de nuestros propietarios. Aunque hay otros como yo circulando por el mundo, cada vez somos menos, y la tecnología nos ha ido rebasando del mismo modo que lo hicimos nosotros parcialmente con los copistas. Esto nos ha dotado de una seria ventaja frente a los amanuenses, quienes al fin optaron por la imprenta y las letras de molde. Sépase entonces que la escritura en la actualidad es un gran conglomerado de expresiones artísticas y tecnológicas. De los altorrelieves cuneiformes o los petroglifos elaborados con pigmentos vegetales hemos llegado a las grandes estructuras rotativas con tirajes prácticamente infinitos, adaptados a los requerimientos de toda clase de público y mercado.

Nosotros los mecanógrafos tenemos una herencia de conocimientos ancestrales, y la hemos refinado a fuerza de mezclarla con lenguajes populares y cultos. Cualquiera puede escribir bajo consigna, o escribir manuales técnicos, o empeñarse en combinar conocimientos elementales con técnicas rudimentarias. Cualquiera puede hacerlo, desde luego, con plena libertad. Ah ¡Pero entender la lengua es otra cosa; entenderla para usarla como una flor o un arma: para desarmarla!


Variando un poco el tema, hablaré concretamente de mi historia personal.

Mi primer propietario fue un caballero irlandés que estaba sufriendo en aquel momento una economía muy precaria. El mismo día que me llevó a su casa, supe que me encontraba en compañía de un verdadero escritor. El deseo más grande de un mecanógrafo es estar en las manos de la persona correcta. De este modo, decidí manifestarme al irlandés. Al principio la circunstancia le pareció muy extraña, pero al cabo de corto tiempo la asimiló. Para intimar un poco, me confesó que nadie había querido publicarle una de sus obras porque algunos de los textos incluidos en ella resultaban indecentes, según ciertas personas. Es molesto que la gente se ofenda cuando se ejerce la libertad creativa. La moral y la decencia carecen de expectativas para el arte.

Por invitación del poeta estadounidense Ezra Pound, mi dueño logró publicar sus escritos en revistas connotadas como The Egoist, y comenzó a ser admirado por autores como H.G. Wells y, un poco más tarde, por T.S. Eliot. Corría el año 1914. El irlandés y yo compartíamos una amistad interesante. Me reveló que estaba en la idea de escribir una novela bastante experimental, la cual titularíamos Ulises. Digo pomposamente “titularíamos”, pero en realidad yo aprendí a leer y escribir como se debe gracias a esa novela, y de ella me ha venido mi posterior talento.

Mi segundo propietario era yerno y asistente del primero. Su nombre: Samuel Beckett. Este tipo sabía redactar bastante bien en francés, inglés e italiano, lo cual nos permitió contacto abierto con casi todas las tendencias artísticas europeas, especialmente con el teatro de Eugene Ionesco, Jean Genet y Artur Adamov. Beckett gustaba mucho de jugar ciertos deportes, aunque esto no le mermaba de su condición hipocondríaca. Puedo decir de él que, en esencia, se trata de un escritor-discípulo de su propia búsqueda. Casi siempre se estaba consiguiendo la forma de penetrar en algún círculo, de combinarse con las enseñanzas de los grandes maestros, de empaparse de las ideas más innovadoras, hasta que finalmente logramos alcanzar un estilo propio.

Confiado el irlandés en el talento y la prudencia de su asistente, una tarde de mayo decidió revelar el secreto de mis habilidades. La sorpresa de Beckett fue muy grande, al punto de querer desmantelarme en un arranque de nervios. Quizás en el fondo llevaría razón. A veces los humanos construyen o hacen cosas que no saben manejar, y terminan arrepintiéndose de ello más tarde. Desde luego, yo quiero suponer que no es mi caso. De todas formas nadie es perfecto.

Con estos dos individuos comencé mi carrera de mecanógrafo, circunstancia realmente favorable para cualquiera. Pero lo más hermoso no es sinónimo de eterno. Cuando Beckett murió, muchos de sus objetos personales –yo entre ellos- llegaron a subasta. Para mi fue frustrante pasar del privilegio de escribir con maestría a ser un miserable objeto de compra-venta. Desde el principio nadie quiso adquirirme porque les parecía muy caro -o porque les parecía inútil. Viajé por muchos países, pasé por muchas manos, hasta llegar aquí. Cansado de tenerme como estorbo, mi último postor me colocó en un estante, junto a las refacciones, a precio de chatarra. Únicamente así pudiste haberme adquirido.


Mi amigo Juan y el arte de conservar chatarra.


Debíamos dinero. Mucho dinero. Lo único que teníamos era la tienda de anticuario. ¡Mi padre y sus maniobras financieras nefastas! Yo le decía “viejo ¿Por qué no traspasas la tienda y así te ahorras el sueldo de las dos muchachas?” pero no me escuchó. Me dijo “en vez de dar consejos vete a publicitar y a conseguir clientes”. Así tuve que hacerlo, porque de otra manera no me hubiera alcanzado para terminar la carrera. Algunos de mis amigos de la universidad también tenían problemas de dinero. Yo le debía a D… por unos libros que me vendió el semestre pasado. D… siempre me decía que los libros habían sido hechos para leerse, no para conservarse. Cualquier bibliografía salida de sus manos al mercadeo había sido previa y meticulosamente leída. “¿Por qué no vas a la tienda –le dije- para arreglar lo del pago? Dinero yo no tengo, pero tengo algunas cosas que te pueden gustar”.

Y así lo hizo. Llegó esa tarde a la tienda. Examinó algunos artículos. Examinó a las muchachas. “La de la blusa roja es más bonita” me dijo, pero el volumen de su voz era tan alto que ella pudo escucharlo. Simplemente sonrieron, mirándose a los ojos largo rato. A mi las escenas cursis me causan escalofrío. Tomé a D… por el brazo y lo llevé al almacén. Le dije “mira: yo sé que tú en el fondo tienes madera de escritor, así que por qué no escoges una de estas”, y le mostré las máquinas. Al instante le atrajo una de ellas, la Remington antigua. Me dijo “¿Esta paga lo de mis veinte libros?”. Le contesté que no, que aquella máquina pagaba tres años de alquiler de su apartamento. “Pero por ser mi amigo quiero que te la lleves; consérvala como regalo y como un pago por tus libros”. Entones él tomó la vieja máquina, la envolvió con su chaqueta, me dijo “muchas gracias” y se fue.

De la máquina –como es obvio- yo no he sabido nada; de él, según su colegas, que es un mal escritor.



Mi amigo Cruz y el arte de conservar secretos.


Le dije “tú estás fumado”, y me llevó a su cuarto. Un piso que le rentaba un viejo asqueroso, casi a cinco kilómetros del trabajo. “No sé cómo puedes aguantar a ese viejo”. “Le debo cinco meses –respondió- está siendo paciente”. Su apartamento era un sitio muy pequeño, se limitaba a un cuarto dividido por un muro, una cocina estrecha y un patio parecido a una bodega. La estancia estaba llena de botellas de cerveza, y el suelo tapizado de colillas de cigarro. Ornaban el espacio una mesa muy cucha que él llamaba escritorio, la computadora que le regalamos mi esposa y yo el día de su cumpleaños y una vitrina con libros de diferentes temas. “Bueno, a lo que vinimos: enséñame la máquina”. Entonces la sustrajo de una caja que estaba en un rincón. “La guardo aquí para que no la vea, es capaz de pedírmela en prenda por lo de la renta”.. Finalmente la puso con cuidado sobre la mesa.

La máquina, sin duda, era hermosa, pero estaba bastante maltratada. “Se nota que la usas mucho”-señalé. “Pues nada más del diario; pero no puedo decir que yo la uso. Observa”. Y nos quedamos viéndola primero dos minutos, luego tres, luego cuatro, luego cinco…



-¿Eso es todo lo que hace?

-Claro que no. No entiendo qué le pasa.

-Conéctala a la luz.

-No seas mamón. Seguro necesita papel.


Y le metió papel. Y nos quedamos viéndola de nuevo dos minutos, luego tres, luego cuatro, luego cinco…


-¿Para esto me trajiste? Ya me voy…

-¡Espérate¡ No sé por qué no funciona…

-Pues no funciona porque no funciona, no puede funcionar ni funcionará. Mejor te voy a dar una tarjeta del médico que trata a Catalina y…

-No no no… déjalo así. Tienes razón: no debí sacarte de tu trabajo.

-Entonces ya me voy. Ya se está haciendo tarde. Mejor trata de dormir y toma este dinero para que comas algo. Búscate un trabajito o llámame mañana a la oficina, a ver cómo te puedo recomendar. Esta cosa de escribir es para morirse, y estamos todavía muy jóvenes para eso.

-Muchas gracias Cruz. Te marco por teléfono mañana.


Entones me fui. Esperé su llamada al día siguiente. Lo mismo hice el miércoles y el jueves, pero nunca marcó. ¡No entiendo lo que pasa con estos escritores! Seguramente sigue sentado en su escritorio intentado exprimirle unas palabras al vacío.


Mi amigo el editor y el arte de publicar novelas.


Realmente nos pareció asombroso porque, de la noche a la mañana, el escritor mediocre que todos conocíamos se convirtió en una luminaria de las letras. Qué digo luminaria: un verdadero genio de la palabra. Sus méritos menores (dos libros de poemas muy cursis y uno de narraciones insípidas) quedaron olvidados al instante cuando nos ofreció su primera novela: Crónica de un desalojo domiciliario. La brillantez estilística, la limpidez semántica, la claridad poética se encuentran hermanadas con un dominio pleno del tema central de la obra: la historia de un individuo que es echado a la calle por su casero, situación que le obliga a deambular por el mundo en busca del sentido de la vida, así como de una vivienda propia.

A este título siguen otros títulos no menos brillantes: Parte de lo que sea (Premio Internacional Heroldo Pérez para Segunda Novela), Mujer que nos quiere poco (Premio del Ministerio de Ministros de Brucelas), Misógino-feminista (Premio Casa del Escritor Exiliado), Malviviente (texto que da continuidad a su opera prima), Saboteando al deseo (Vigesimo Segundo Premio Gran Prix de los Ganadores), Vida secreta de un rentero (Premio Flor de Papel y Tinta), Entre otras (también novela).

¿Yo que puedo decir? La verdad nos complace tenerlo como miembro de nuestra casa editorial. Hay muy pocos como él y deseamos infinitamente conservarlo.


Mi amigo Typewrriter y el arte de cerrar con esta historia.



Cuando no sabes como romper con la ficcion, significa que has sido absorbido por los mundos que creaste. Imaginas, y una puerta se abre frente a tus ojos. Imaginas, y una hoja es el limite entre la vida y la muerte. Contar historias como contar estrellas. Cerrar los ojos como levantarlos. Entrar en el recuerdo como en una vivencia. Asi sea la vida del mecanografo: todas las vidas -o ninguna…



El enano y la giganta


Escrito por Typewrriter (seudónimo de autor) para el periódico local.



Él trepa por las escalerillas de su pelo, llega hasta su oído y susurra unas palabras sabiamente amorosas. Ella sonríe y lanza un suspiro. Sus pechos son dos montañas que palpitan. Sus pechos son dos enormes monolitos que el viento abraza. El enano la mira y se refleja en sus ojos esmeralda. La giganta tiene la sed de un desierto cuando quiere ser poseída. El cuerpo del enano es indigno para el tamaño del amor, pero su empeño es grande y sabe que la penumbra se abarca con la luz del deseo. Así que ambos laten en la noche como dos corazones, como dos estrellas que se posan sobre la inmensidad del campo. A ellos la poesía les sirve para entender el mundo. Son seres mitológicos, lo mismo que las constelaciones, y son como planetas en órbita constante hacia el amor, bajo la tenue lluvia, entre ruidos lejanos y dispersos.

Pero un dios asqueroso realiza su faena mientras los seres duermen: al despertar, la giganta contempla horrorizada el cuerpo del enano que yace como una hoja muerta, sepultada por el peso de tanto amor.






Fragmentos no incluídos en la narración



Entonces Dios agarró y dijo…




Typewriter disertando acerca del tiempo:

Pero la mano avanza sola sobre el papel. El hombre avanza solo frente a la historia, cruza ciudades, hasta que se detiene y piensa:


- ¡…!


E inventa la guerra para darle significado a la derrota, e inventa la paz para darle significado a la esperanza.


Typewriter deduciendo un futuro miserable:

Yo tuve un dia una maquina de escribir que era hermosa. Esa maquina inventaba historias como delicias que eran aclamadas por la critica, por el publico, historias como esmeraldas incrustadas en un collar.


Pero una tarde llego el comprador de maquinas y yo no tenia dinero para la renta.


Typewriter hablando sobre el destino de la humanidad:

Algun dia sabremos con certeza que todo dialogo es en realidad un monologo frente al espejo.


Typewriter ironizando un poco:

Desde luego: vendo mis libros, después de leerlos…


Typewriter siendo crítico y objetivo:

El universo arde. La vida arde. La eternidad pregunta por nosotros. ¿Por qué tenemos que estar aqui sentados?


Typewriter aportando a la economía lingüística:

Sugiero que se suprima la “h” de las palabras


Uerto

Umano

Umo

Umor

Istoria


Typewriter apegado a la semántica:

“Si no lo dices tú, lo digo yo…”


El resultado de esta frase sera siempre un monologo.

Typewriter creando un poema en una lengua muerta:


“Olicantorái musipatroni,
enamúrica saffia,
quemalia puracimera,
sicanasi bonerái.

Olicantorái usufernaya,
-altripolifica, poliposifica-
Numilia pir a sumaya
va de lum a bumburái.

¿Olicantorái olaya facia
purésica soficáia?
¡Nun ke, nun ke, solaya!
Lah murífica filicia
perisofa funfusando
lah saffú soffú siffá.

¡Oh, suffí Olicantorai!
Pría lah soma unipia
paciembrand um prío pá.”

Typewriter en la búsqueda del sueño definitivo:

Como escritor recurro a todo lo que encuentro. Lo ultimo que me falta por descubrir es la felicidad.





jueves 26 de febrero de 2009

Los Atemporales.

La muerte es el antídoto del miedo (de hecho es el antídoto de todo: alivia –como decía Rulfo- hasta de vivir).


En casa nadie habla del hijo oscuro del cual el hijo pródigo ignora su existencia. El día que nacieron fueron separados. Los motivos: no importan para el fin de este relato. Lo que importa se reduce a una conexión, se podría decir, espiritual. La conciencia del hijo pródigo cabalga diariamente en la idea de algo muy similar a él, pero distante, como si le faltara una mitad perdida en otro tiempo. El hijo oscuro siente del mismo modo, pero también ignora. Así que los hermanos, por lógica atracción, coincidirán en tiempo y espacio un día cualquiera.

Mientras tanto, al hijo pródigo estudia en una academia especializada, explotando y puliendo sus dotes naturales de gran mago, herencia familiar de sangre y práctica. El hijo oscuro, baldado desde siempre del sostén familiar, tiene que vérselas para subsistir. De esta manera trabaja para un circo ambulante, recorriendo provincias llenas de parias y curiosos. Se ha vuelto muy famoso convirtiendo animales en personas, personas en animales (como Circe circense), apoyado en genuinos actos de prestidigitación. Pero le gusta más hacer llover en sitios semidesérticos, hacer salir el sol en lugares donde la mayor parte del año es invierno, y desaparecer objetos que se encuentran a la vista de todos, colocándolos en sitios remotos, inexplicablemente. El hijo pródigo sabe mejor que nadie la técnica de convocar espíritus, pero se satisface leyendo los pensamientos de los demás. Si hiciéramos un recuento de las virtudes de ambos, el mundo se llenaría de cuestiones fantásticas.


El espectáculo.


Día 18 de mayo de 1971. La cartelera anuncia como primer espectáculo un acto nigromante. En la ciudad la fama del hijo pródigo es incuestionable. La llegada del circo nunca fue una sorpresa para los lugareños, hasta ese momento. Tal es la expectación que los rumores llegan a la casa. El hijo pródigo, movido por la curiosidad (y tal vez por la idea de un posible oponente), decide asistir esa noche al sitio.

Una carpa tradicional en plena pompa aminora un baldío de enormes dimensiones. Los palcos se abarrotan casi hasta vencerse. Tras la presentación de toda la campaña, viene el momento esperado. Oscuridad total. Después una silueta a contraluz en medio del gran círculo dorado. La pista se ilumina. Para asombro de todos, no es un ser humano normal lo que aparece, sino un ser extrañísimo, de manos colosales y monstruosas. Porta una esfera negra del tamaño de un coco. Una música suave se mece en el ambiente. El nigromante arroja la esfera, que queda suspendida en el aire. Sus labios articulan palabras inaudibles, como hilando una especie de oración. A las consignas del mago la esfera lentamente reacciona, hinchándose y girando sobre sí misma. Del artefacto brotan, como si fuese un prisma, destellos de colores. Un agudo sonido ensordece a la multitud. Acto seguido, una ligera escarcha invade todo el recinto. Los espectadores quedan fascinados. Cuando el hielo ha cubierto el último rincón, el hechicero lanza una nueva consigna y, al instante, el gentío, ya transformado en piara, comienza a chillar. Sólo un palco a lo lejos ha quedado inmutable. Los ojos del hijo pródigo se cruzan con los ojos del nigromante…


Existir es una mentira. Una asquerosa mentira de la realidad.


Estamos frente a frente. Ninguno de los dos se atreve a articular una palabra. En realidad no hace falta: estoy viendo en sus ojos lo que intenta decir. Sin embargo su silencio es más denso, y lo encuentro fascinante. Penetro en su conciencia poco a poco. Él me permite hacerlo sin obstáculos. Comienzo a comprender sus pensamientos como si reflejara en ellos una búsqueda incansable. Su existencia ha sido dolorosa, pero le ha aleccionado con maestría. Me dice que su deformidad señala su destino, pero eso no le inquieta en lo más mínimo. Ha aprendido a vivir con ella libremente. La idea de un hermano se le antoja invaluable. A mi también. Pero él no está esperando respuestas del pasado. Asume que las cosas son así, y las acepta. Yo no. Comprobar su existencia cambia por completo mi percepción del mundo. Esto se debe a que no lo reconozco como un individuo aparte, sino como otra forma de mi propio ser. Su presencia, estoy seguro, es un desdoblamiento, la parte de uno mismo que se niega de tal modo hasta volverse tangible. Su existencia es una proyección de la mía. Su existencia es una prolongación de mi conciencia. Pero negarla lo ha convertido en un monstruo, en una abominación. Me está llegando a la mente la idea del hijo muerto del cual el hijo sobreviviente cumple las proezas. Me estoy sintiendo culpable. Me estoy sintiendo culpable de mirarlo. Me estoy sintiendo culpable por construirle una realidad indeseable, diferente a la mía, que es perfecta. Es verdad que nacimos al mismo tiempo, y es verdad que ha vivido fuera de mí. Ahora debo entregarle lo que le pertenece, aquello por lo que ha purgado una condena. Estamos en el momento, no del trueque, sino de la unificación. Ha venido por lo suyo, y lo suyo soy yo…


Fin del espectáculo.


Cuando el hielo se ha deshecho en el último rincón, el hechicero lanza una consigna y, al instante, la piara, ya transformada en gente, comienza a aplaudir. Las ovaciones crecen hasta el cielo. Esto implica que el acto ha terminado con gran satisfacción.

Durante días la población no habla de otra cosa. Al interior del circo la emoción es opuesta: el nigromante anuncia su decisión de abandonar la campaña. Los motivos: no importan para los fines del relato. Lo importante es que el circo debe continuar su faena sin su atracción principal. Ahora la ciudad está feliz de contar con un gran mago. Por eso en casa sólo se habla de su presencia. El día que llegó con sus maletas, asombró la manera tan natural de disponer del espacio, como si hubiera vivido en él en otra época. Él conoce hasta el último resquicio, y a nadie le pregunta ni siquiera un detalle. Su figura parece gratamente familiar: la figura del hijo que regresa de un viaje inexplicable.

lunes 22 de diciembre de 2008

Nueva lírica para lectores nonatos.


(Serie que discurre entre la realidad y el deseo de leer y escribir, así no más)



para miss Bennedict.




Una vecina llama varias veces a la puerta

La observo por el ojo de la llave

la observo por la mirilla

la observo

Ella sabe que algún día tendré que abrir la puerta

Yo sé que algún día se cansará de esperar.



Las cosas por el principio: no me gusta lo autobiográfico, por eso he inventado mundos alternativos para poder vivirlos a mis anchas. Así transcurren los días, saltando de una realidad inconforme a otra más sencilla y transparente. Mi vocación por los libros nunca ha estado peleada con mi afán de vivir, pero ¿cuál de ambas cuestiones nació primero? La cosa sucedió desde que tengo memoria. Lo narraré según el orden de las visiones.


Visión # I: de un sueños que nos substrajo de la realidad.


Resulta evidente que a los cinco años tomar un libro e ir al baño son cosas muy parecidas, especialmente cuando no se tiene a la mano papel. Esta verdad, que desde luego no la comparte nadie, tuvo en mi vida repercusiones inesperadas. Sentado en el retrete con un bello ejemplar ilustrado del Quijote, nació la curiosidad por saber un poco más de aquello llamado “libro”. Para mi propia fortuna, mi hermano mayor contaba con una biblioteca muy modesta instalada en un costado de la cama donde yo me dormía. Para mi infortunio, y como suele ocurrir en todo drama, esos libros estaban prohibidos para mí. Desde luego son varias las dificultades presentes. Y no es que mis otros hermanos tomaran esos libros para cambiarlos por cerveza en la tienda. Tampoco que mi hermano mayor fuera un censor insalvable –que lo era, hasta que lo entendió- sino más bien porque a los cinco años mi propia incapacidad para acceder a ellos resultaba frustrante. Supongo que así nació mi obsesión por la lectura. Y si no pasó así, me da lo mismo. Existe.


Visión # II: de cómo se pierda a una generación en el proceso.


Reprobé segundo año de primaria. Nadie reprueba segundo año de primaria. Esto hizo suponer a mi madre que yo era un niño muy particular (seguramente no superdotado, sino idiota). La mayoría de mis amigos son uno o dos años menores que yo. No me imagino sin ellos, y quiero pensar que ellos no se imaginan sin mi. En todo caso vamos a echarle la culpa a la abstracción. Substraerse leyendo a los siete años, con lo poquito o mucho aprendido en la escuela, parecía suficiente. Yo leía a escondidas, cubriéndome de la censura y las descalificaciones. Leía sobre las azoteas; leía debajo de la mesa; leí mal, muy mal, pero leía. De aquel tiempo recuerdo dos lecturas preciosas: una de un libro llamado “El loco”, de Kalil Gibran, donde se describía en un texto una conversación de “Los siete egos” (yo sigo teniendo uno, no me explico por qué); mi segunda lectura consistió en un valioso tomo de poemas selectos de Ramón López Velarde, el cuál me hizo sentir básicamente ignorante. Revisemos un fragmento de ese libro para darles una idea de mis palabras (marcaré con cursivas las locuciones en ese momento fuera de mi alcance):


No me condenes.


“Yo tuve en tierra adentro una novia muy pobre

Ojos inusitados de sulfato de cobre.

Llamábase María, vivía en un suburbio

Y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.”


Lo cuál se traduce en:


Yo tuve en tierra adentro una novia muy pobre

Ojos de.

María, vivía en un

Y no hubo entre nosotros ni sombra de.


Quitando del resto las palabras extrañas, este es el poema que leía a los siete años:


Acabamos de golpe: su domicilio estaba
( ) a la estación de los ferrocarriles,
y ¿qué noviazgo puede ser duradero entre
campanadas ( ) y silbatos ( )?

El reloj de su sala ( ) las ocho;
era diciembre, y yo ( ) con ella
bajo la limpidez ( ) de cada estrella.
El ( ) remiso a mi ( ) inocente,
hubo de ser, al fin, ( ) ( ).

María se mostraba ( ) y tristona:
yo no tenía ( ) de una buena persona.
¿Olvidarás acaso, corazón ( ),
el acierto ( ) de aquella señorita
que oía y desoía tu ( ) ( )?

Su desconfiar ( ) era ( )
por los perros ( ), en cuya ( )
( ) el duro ( ) de María.

¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes;
cuando ( ) el ( ) y se ( ) las ocho,
cuando el sillón te mezca, cuando ( ) los trenes,
cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca,
no me juzgues más ( ) que uno de los silbatos
que turban tu ( ) y tus ( ).


Así que muchas veces uno se ve obligado a re-inventar el significado de las palabras. Por esta clase de cosas uno se aferra a los textos.



Visión # III: de un sueño que nos trajo de vuelta a la realidad.



Intento + catástrofe = frustración.



Lo cual se traduce en:


NUNCA TE METAS DEBAJO DE LA CAMA CON UNA VELA ENCENDIDA, MUCHO MENOS PARA LEER FARENHEIT 451.


Este acontecimiento fue velado en su tiempo por otras circunstancias que acapararon la atención de las masas. Era el año 1989. Un señor de bigote muy excéntrico, llamado Salvador Dalí, moría en Figueras dejando tras de sí una de las obras pláticas más importantes de la historia. Un incendio en su habitación en 1984 hizo que se trasladase a unas habitaciones en Torre Galatea, edificio anexo a su Teatro-Museo, donde permaneció prácticamente recluso hasta su muerte. También sucedió la Caída del Muro de Berlín. "El Muro de la Vergüenza", señalaron entonces algunos analistas occidentales.


A lo que voy es a esto: yo tenía once años, y mi catástrofe personal de incendiar el colchón de la cama por meterme debajo de ella con una vela encendida para leer un poco no es un acontecimiento que suceda todos los días. La única satisfacción es cuando te sofocas con el humo y alguien llega de pronto para sacarte de aquello jalándote de un pie. ¡Vaya gloria! Después una paliza suprema y todos quedan contentos.


Visión # IV y última: de por qué uno decide ser escritor.


La respuesta es muy simple: se da en contraposición a otra clase de tareas humanas que no concuerdan del todo con la propia forma de ser. Nunca por vocación. Nunca por formación. Nunca por gusto o capricho. Ni siquiera por lo que ustedes manden. Simplemente por lógica causal, porque en verdad se carece de distintos atributos y porque no imagino estar haciendo otras cosas, entre ellas:


-Sacar reptiles de las alcantarillas.

-Embalsamar insectos.

-Embotellar refresco de cola.

-Vigilar el transito de presidiarios.

-Aserrar varillas.

-Rastrillar estiércol.

-Hacer tacto rectal.

-Enjabonar cerdos.

-Masticar tabaco.

-Escupir tabaco.

-Comer gusanos con palillos chinos.

-Limpiarle el culo a personas en estado vegetativo.

-Tronar bolsas con aire.

-Colocar malla ciclónica con alambre de púas.

-Arañar superficies metálicas.

-Soplar un silbato a 80 decibeles.

-Repicar al unísono cincuenta campanas.

-Limpiar retretes.

-Gritar sin el apoyo del diafragma.

-Practicar autopsias.

-Poner pólvora a una bala.

-Escabechar alimentos.

-Limar uñas.

-Mezclar substancias tóxicas

-y todo lo demás...


¿Me explico?

lunes 8 de diciembre de 2008

Los monstruos del arte o Cuando la Genialidad y la Bestialidad cometen amasiato.

(Declinaciones del monólogo II)


para Deya


Platicando la otra noche con Julia, mi rata –llamada así ahora que me da por ponerle nombre a todo- me he percatado de cosas que, desde mi perspectiva humana y limitada, había pasado por alto toda mi vida. Sin ahondar en detalles, me centraré en un punto simbólico de la charla en el cual abordamos con gran detenimiento y sensibilidad el tema del amor. El amor de ojos abiertos o cerrados. El amor como una parábola de la existencia. Julia define al amor como “eso que esta allí en la oscuridad esperando el arribo de la luz”…

…Explicando un poco este argumento, Julia toma entre sus patas un trocito de queso gruyere y se lo lleva a la boca, acompañándolo con un buen sorbo de vino tinto. Su gusto afrancesado le suministra visiones clarividentes:

-La soledad precede al amor, lo anuncia. Se piensa en él cuando hay una necesidad. Imaginemos un principio natural: el origen de la vida. Imaginemos una pequeña bacteria tratando de subsistir en un ambiente hostil. Esta bacteria sabe que la noche es muy larga. Su instinto de supervivencia le insita a la búsqueda de una compañera que le ayude a propagarse para no morir. En esa oscuridad microbiológica del primer día del mundo, la soledad impulsa a las bacterias mezclándolas. Así nace el amor.

Confundido por tal explicación, reflexiono un minuto, extraigo un cigarrillo de la caja y diserto:

-Déjame ver. ¿Estás diciendo que el amor se reduce a una simple necesidad biológica?

-Desde luego, de algún modo. Pero no es solamente la “urgencia” lo que está detrás de este juego, se trata de la importancia del amor en el origen y la evolución de las especies. El amor es la necesidad primordial. Gracias a él hemos cabalgado las eras geológicas hasta convertirnos en lo que actualmente somos: yo un culto roedor, tú un homínido.

-Pero las ratas no aman ¿o sí?

-Tampoco pueden hablar, así que omite tus comentarios.

Ambos quedamos callados. El silencio nos transporta a un limbo extrañamente surrealista. Tras un poco de vino, Julia reanuda su discurso:

-Siendo el amor la primera invención de la naturaleza, es lógico pensar que todas las entidades vivas se desvivan por él. Pero el hombre es el único ser que ha sabido tamizarlo, convirtiéndolo al mismo tiempo en un arte y en una aberración. En un arte en tanto que ha generado las más bellas obras de la literatura, la pintura, la música… En una aberración, porque degrada al ser humano hasta convertirlo en un furioso homicida. Los celos son un clarísimo ejemplo de mis palabras. Pero el amor no es, en todo caso, la estrategia de un idilio o de una querella, sino la búsqueda de una trascendencia.

Aún perplejo por sus aseveraciones, replico:

-Me haces sentir mal con tus palabras porque siempre he pensado que el amor es una actitud desinteresada, piadosa, honesta, generosa, humanitaria, audaz y reservada sólo a los espíritus pródigos.

A lo que ella responde:

-Pues más te vale quitarte esas ideas de la cabeza. Si todo el mundo pensara como tú, la vida en el planeta se hubiera extinto desde hace mucho tiempo. El objetivo básico del amor es la reproducción. Sin embargo, yo no intento quitarle el velo rosa que lo cubre. Existen conductas inexplicables que obligan a las personas a relacionarse. Pero aquellas conductas que pueden ser explicadas no tienen nada que ver con la infatuación. Vayamos a un ejemplo concreto: el caso de Romeo y Julieta (que no Julia, para evitar confusiones). Los estudiosos han dicho que esta tragedia es la síntesis del amor más elevado al que se puede aspirar. Pues bien: imaginemos a un Romeo que, obligado por sus padres a vivir con su cónyuge por haber deshonrado a la familia, se viera en la necesidad de rentar un modesto piso en los suburbios de Verona. Imagínate una Julieta quinceañera llena de sueños e ilusiones sometida a labores del hogar el resto de su vida. Por mucho amor “piadoso, honesto, desinteresado, generoso, humanitario y audaz” terminarían llegando las urgencias económicas, las necesidades materiales. Ah, pero ¿quién le quita a estos seres la costumbre burguesa de vivir en la angustia? Siendo objetivos, la circunstancia los llevaría con el paso de los años a la frustración y la decadencia. A menos que tengan descendencia, y lo remarco, A MENOS QUE LA TENGAN, tanto amor indecible carecería de sentido, se reduciría a un instante fugaz que quedaría varado en alguna parte extraña de la memoria. A fin de cuentas terminarían suicidándose. Me parece estar viéndolos:


ROMEO

(Compungido, sosteniendo la copa de veneno en sus manos) ¿Qué dijo Baltasar mientras cabalgábamos, en esos instantes en que mi alma agitada no le ponía atención? Me contaba, creo, que Paris debía haberse casado con Julieta. ¿No dijo eso? ¿O lo habré yo soñado? ¿O es que, demente, así me lo imaginé al oír hablar de ella? […] ¡Cuántas veces los hombres, a punto de morir, han sentido regocijo!

(Romeo bebe de la copa y muere)

JULIETA

(despertando del letargo, iracunda) ¿Qué es esto? ¿Una copa comprimida en la mano de mi (#$&”/) consorte? El veneno, lo veo, ha causado su fin prematuro. ¡Oh! ¡Avaro! ¡Tomárselo todo, sin dejar ni una gota amiga para ayudarme… […] Apresurémonos pues. ¡Oh, dichoso puñal! (Apoderándose del puñal de ROMEO). Esta es tu vaina (se hiere.) enmohece en ella y déjame morir.

(Cae sobre el cuerpo de ROMEO, y muere.)

Por eso Shakespeare decide asesinarlos en el clímax del romance, convirtiéndolos en un imposible.

(Esta plática -es decit todo el texto- es una primera versión. Falta hablar sobre la selección natural, tema bastante arduo y exaustivo).

Ahora estoy furioso ¿cómo se atreve esta rata a fustigar con su racionalismo uno de los mayores dramas de la historia? Ahora comenzará a decirme que Cleopatra y César fueron víctimas de las circunstancias o que Tristan e Iseo son una miserable invención retorcida y maquiavélica?

-Cómo me gustaría que te enamoraras y sufrieras y el mundo se te viniera abajo para que comprendieras de una vez y para siempre lo que es el amor?

-Pues quisiera saberlo, así tal vez aprendería a valorarlo y a no darle tantas vueltas como lo hacen ustedes.

En este punto suspendimos la charla y cambiamos el tema. Julia suspiraba. Parecía como si sus palabras hubieran sido inspiradas por un amor perdido, o por un mal profundo. Quise seguir rebatiendo, pero ¿Quién soy yo para negar una verdad: la de que muy en el fondo, y pese a los esfuerzos realizables, el amor seguirá siendo, a fin de cuentas, un enigma y un triunfo? Lo que si puedo hacer es cerrar este discurso con una reflexión: si en realidad el origen del amor se sustenta en una necesidad por trascender como especie ¿cómo fue la primera relación amorosa de la historia?


Declaración amorosa de una bacteria primigenia a su vecina.

(Fósil hallado en un estromatolito de 3,430 millones de años de antigüedad).

En esta oscuridad inabarcable te busco. Escucho restallar desde mi palio tus dendritas acuáticas, Oh, dulcísima Bacteria cuya imagen recuerda apenas el origen del Cosmos. Y escucho tus fluctuaciones como una onda de luz solicitada en la aridez más estrecha del fondo de la tierra.

Magma volcánico nos separa opulento; furiosos meteoritos llueven sobre nuestras cabezas; el oxígeno impuro mata mis plegarias, pero confiado lucho contra la adversidad.

Dulcísimo Bacteria: en tu cuerpo redondo quiero reposar mi estrechez. El universo urge, la vida urge, la evolución pregunta por nosotros. Estás cerca de mí, y yo pronuncio tu nombre mineral y biológico para que tú respondas, acudiendo al llamado, y ese invisible sol hecho carbón un día brillará en nuestras almas.

Ven conmigo. Yo prometo quererte citoplásmicamente, acudir al llamado de las eras. Tendremos tantos hijos, miles y millones de hijos con millones de formas diferentes, nacidos de nosotros, y seremos felices madurando en la sabia de estas aguas recónditas, como en la superficie, esquivando el aullido de la muerte, porque seremos un único ser multiplicado, indiferente a todo lo que acaba.

Ven conmigo. Seremos muy felices. Iniciemos el baile interminable en esta noche única y eterna.

Envejezcamos juntos y muramos al fin sobre esta piedra donde haremos por primera vez el amor.

miércoles 12 de noviembre de 2008

Monólogos de un Superfriki. (capítulo 18, Primera Temporada)

Serie que redefine la circunstancia del Clown en la era post-industrial, entre otras bagatelas.



para Karen Mejía y la hermana República de Honduras




Estamos en la Cumbre Mundial de Payasos. Es el año 2029. Estamos a punto de realizar el tradicional intercambio de narices. Me han pedido elaborar un discurso de clausura que verse sobre la influencia del gag popular en la performance postmoderna. Pero tengo un problema bastante serio. Un problema que no puede ignorarse: he olvidado en casa mis zapatos de payaso. Se trata de una tragedia universal, pues desde que me dedico seriamente a la farándula y a escribir mis propios argumentos, lo hago únicamente calzando mis zapatos de payaso. Imaginen ustedes a un escritor carente, por ejemplo, de papel o pluma. Es probable que se entregue a la tarea de escribir en otra superficie utilizando cualquier clase de herramienta o sustancia. Pero seamos realistas: el resultado no sería el mismo. Ahora bien. Aún cuando cuente con los requerimientos materiales mínimos para escribir (pluma, papel y ganas) el escritor seguiría en un dilema si, supongamos, no tuviera a la mano su “osito de peluche”. Esto puede pasar desapercibido para la mayoría de los mortales. Pero para un escritor de línea significa la diferencia entre un buen texto y un texto mediocre. Seguramente se hundiría en su silla en posición fetal llorando amargamente. Pero yo no me atrevo a tal extremo: es indigno del mundo realizar la clausura de una cumbre internacional de payasos con lágrimas en los ojos. Así que tampoco puedo llamar a casa por teléfono para pedir que me los manden por correo express, dado que vivo solo. El aprieto se agranda si tomamos en cuenta que aquellos zapatos, además del valor emocional, son muy caros y bastante difíciles de conseguir. Por eso he solicitado con discreción y cautela a algunos camaradas me proporcionen en préstamo sus propios zapatos, a sabiendas de las fatales consecuencias. He escuchado confesiones de profesionales que se han visto mezclados en situaciones bochornosas y mortales por culpa del préstamo de objetos personales del rubro. Uno de ellos, un ilustre payaso italiano, pidió a un colega francés bastante bromista un trasero de goma para usarlo durante una improvisación. Dicen los que conocen de estas cosas que aquél francés no era muy afecto al jabón y al agua limpia. Es fácil suponer que al italiano le dio tremenda roña después del espectáculo, al punto de sufrir infinitas cirugías que le han dejado el culo como el rostro de Michael Jackson.

Amados espectadores: siendo mí circunstancia la desesperación y la impotencia, me veo abandonado al riesgo de perder en la intentona una parte de mi glorioso cuerpo. Sin embargo, existe una circunstancia bastante peculiar en el uso y desuso del vestuario de clown: cuenta la leyenda que todo aquel que intente probarse la ropa de un payaso, tendrá alucinaciones estereoscópicas de la vida de su dueño.



Experimento # 1 y único: La noche de la prueba de zapatos.


La pila de zapatos de payaso me espera en un rincón del cuarto del hotel. Una montaña enorme, más por la cualidad que por la cantidad. Mis pies están sudando de miedo al contemplarlos. Me armo de valor y me avecino a su encuentro.

Lo primero que tomo son unas botas viejas estilo tramp/hobo (una especie de momo vagabundo) color marrón. Al calzarlos, comienzan a asaltarme imágenes de calles y suburbios clandestinos tapiados de asquerosa miseria tercermundista, consecuencia lógica de la vida de este personaje. Horrorizado de ello, aparto de inmediato los temerarios chanclos de mis pies.

Ahora sigo con otros. Son unos corchos rotos con tela de colores muy vistosos, genuinos del Augusto o payaso de nariz de bola roja. De entrada me sientan cómodos, incluso me hacen reír. De inmediato me encuentro en medio del barullo; la gente me rodea entusiasmada. Los niños, que son muchos, se agolpan contra mi pidiendo globos. Las bromas que profiero son perfectas, pero nadie me escucha. Hay demasiado vicio. Caigo inmediatamente en la desesperación. Siguiente par.

Se trata de unas alpargatas de clown de cara blanca, muy sencillas, casi insignificantes. Me quedan a la medida. Afortunadamente para mi, cuento con el antecedente inmediato de esta clase de zoclos, pues conozco a los tíos que los usan y sé que no son blanco fácil de la burla del público. Al contrario, son seres extraordinariamente perspicaces y saben manejar con abolengo casi cualquier faena. Así pues, me contemplo realizando piruetas complicadas, montando con destreza trabajos y escenarios, elaborando bromas refinadas y escuetas. En realidad a mi me gusta más la espontaneidad, y aunque me identifico bastante con la vivencia de estos borceguíes, no logro equipararlos del todo con mi propia experiencia; así que los aparto suavemente.

Uno tras otro pares desfilan por mis pies indiscriminadamente. Algunos son muy grandes, el resto muy pequeños. Ninguno de ellos cuadra con mi estilo. Comienzo a resignarme y extrañar mis zapatos que ahora están en casa preguntando por mí. Son mis chuchos de suela acanalada. Pero no tengo tiempo para velar por ellos. Un discurso me espera…


CLAUSURA DE LA CUMBRE MUNDIAL DE PAYASOS 2029.

Centro de Convenciones del hotel


Apología del pie.


Honorables compañeros del gremio:

Agradezco el espacio a esta inmerecida palestra. Lo agradezco por dos razones circunstanciales: la primera, porque he recibido la invitación para hacerlo; la segunda, porque me permite tomarles desde aquí una foto de grupo (risas). La tercera razón, que no quedará excluida por ser la última, es el motivo de este discurso, el cuál me parece oportunísimo ahora que he notado su curiosidad al verme entrar descalzo a este recinto. Confesaré ante ustedes mi absoluta inexperiencia en ello, y pido perdón si alguno se siente incómodo. Estar descalzo no es una nueva forma de divertir a nadie. Ni siquiera de llamar la atención. Lo hago porque me parece haber encontrado por fin la solución a un milenario problema filosófico: el dilema del instinto y la razón. Trataré de ser breve.

La diferencia entre el hombre y el total de las especies no reside en su cabeza, sino en sus pies, porque ¿acaso no lo aísla del resto de la naturaleza la suela de sus zapatos? ¿Cuántos tigres vemos correr frenéticamente en chanclas por la selva? Incluso los aborígenes del Amazonas saben perfectamente que un pie sucio de fango y mierda es un pie saludable y feliz. No la opresión metódica de la industria del calzado, cuya perversa estrategia consiste en separar al pie humano de la realidad circundante, convirtiéndolo en esclavo de su propio sudor. Es de esta manera que la mugre pone al hombre entre la espada y la pared, entre callos y ojos de pescado, abominables seres engendrados por la bota y el tacón alto. Poner un zapato significa mutilar la esperanza del pie en convertirse en algo más que un simple pie. Y aún cuando el pie no fuera mariposa, tampoco podrá ser pie estando encarcelado. Esto lo sabe perfectamente la mano, que sigue libre aún en el trabajo forzado. Lo saben las cabezas de los calvos y las ubres de las vacas.

Pues bien: un pie desnudo encierra en su concepto la abolición del yugo artificial. Hay que poner, literalmente, los pies sobre la tierra, aunque el camino esté poblado de abrojos. Así sabremos con certeza distinguir entre el suelo que nos merece y el que nos repudia. Sigamos el ejemplo de las damas. Feministas e insurrectas, las mujeres de hoy manifiestan sus inconformidades liberando sus tetas al aire, arrojando fuera de ellas el sostén. Dicha acción libertaria ha dado pauta a sospechar incluso de la ropa, la cual quizás oculte entre sus pliegues una abominación. Así pues, veremos prontamente a estas libérrimas correr por todos lados como Evas huyendo de obsesivos Adanes. Poco a poco la estética perderá su forma voluptuosa. Ese será el castigo de los machos modernos: tetas caídas de hembras sediciosas. Y todo por haber inventado los corpiños, que al igual que el calzado y los calzones, son la cárcel del cuerpo.

Finalmente, para redimirnos de ello es menester dejar claras tres cosas:

Hagamos libre al pie en su andar meditabundo.
Surquemos el día y la noche en diez dedos.
Contemos las estrellas con las uñas.
Aferremos al mundo con las patas.



Abuurrr…

miércoles 1 de octubre de 2008

Acecinen al pollo.

(Lucubraciones de un pollo que no quería morir).



Cada noche, el pollo daba vueltas sobre su lecho torturado por la idea de aquél día fatídico en que habría de convertirse en comida. Sin embrago, lo que más le atemorizaba, era el hecho de seguir dando vueltas aún después de muerto empalado en el horno de alguna rosticería. Era entonces cuando se cuestionaba febrilmente: ¿En realidad los pollos nacimos para dar vueltas? La única respuesta es que a nadie le gusta comer el pollo vivo. Por eso desde hace muchos siglos, la preocupación de millones de personas a lo largo del planeta ha girado en torno a un único propósito: acecinar al pollo. Nótese que utilizo la palabra “acecinar” y no “asesinar”, que son cosas muy distintas. El pollo se acecina después de asesinado, no antes. Tampoco mucho después porque se entiesa. Así pues, acecinar es una consecuencia lógica de asesinar, especialmente cuando se trata de pollos. Y acecinar exige, inevitablemente, otro acontecimiento sublime: la cocción. ¿Cuántos insignes pollos no han sufrido el destino de pasar por la hoguera?


Esto nos lleva a una analogía suprema: si Hitler no hubiera creado campos de concentración para meter en los hornos a millones de judíos, seguramente hubiera montado una cadena de rosticerías. Porque ¿después de quemar humanos, qué queda? Nerón y Torquemada tenían bastante claro este concepto (la historia secreta cuanta que, antes de proponerse incendiar una ciudad o condenar en la pira a algún hereje, era menester una rigurosa preparación que consiste básicamente en asesinar pollos con el oscuro objeto de cremarlos).


En el Egipto antiguo, uno de los rituales más espectaculares registrados en los muros del Templo de Ptah, en Memphis, señala que los pollos eran animales sagrados, incluso por encima de los escarabajos y los gatos. Por qué: porque en el Egipto antiguo y el moderno los gatos y los escarabajos no se comen. Algo muy a la inversa sucede con la cultura indú, donde se matan pollos a diestra y a siniestra, dado que allí las vacas son animales de culto (haciendo cálculos aproximativos, por cada vaca viva en la india se matan 145 pollos, sin contar las cabezas y las patas).


Pero todo la anterior no logra despejar una interrogante que tiene de cabeza a los científicos más prestigiados del mundo: ¿para qué sirven las alas a los pollo? De no ser para nuggets (al igual que la pechuga) no existe otra explicación. Sin embargo, la NASA ha implementado en estos últimos años un programa ultra secreto con un presupuesto aplicado de millones de dólares: se trata de la búsqueda estelar de pollos voladores. Al igual que los OVNIS, los POVNIS (Pollitos Voladores No Identificados) son vistos en los cielos como puntitos blancos que se desplazan a gran velocidad; en ocasiones pueden ser avistados en flotillas realizando maniobras inteligente; continuamente suelen volar a baja altura o descender totalmente a ras de piso para recolectar especimenes o dejarse fotografiar intencionalmente por los curiosos (favor de no confundir a los POVNIS con palomas, codornices, avestruces o algún otro tipo de aves corrientes).


Algunos grandes contactados aseguran que hay mundos fuera de nuestro entendimiento donde los pollos han desarrollados tecnologías increíblemente avanzadas. Algunos otros abducidos platican que los POVNIS han venido a la tierra a liberar a los hombres de la pobreza mental y espiritual en la que ahora se encuentran. Finalmente, un grupo más reducido de personas manifiesta que los Pollos Voladores se encuentran entre nosotros con intenciones siniestras.


Imaginando un universo paralelo, es posible que millones de pollos ahora mismo estén ideando formas originales de acecinar humanos, no sin antes, desde luego -y como es bastante obvio- asesinarlos.




Aburrr.

sábado 27 de septiembre de 2008

Monólogos de un Super Friki (Capítulo 1 de 100, Primera Temporada)


Serie discursiva que maneja, entre otros temas: el origen y evolución de la farsa; el teatro del absurdo y las últimas tendencias del Jet Set europeo.


Todo empezó cuando aquella mañana, en medio de un calor abrasador, se cantaba con fervor nacionalista el Himno Nacional. El patio de la escuela abarrotado, como en las pasarelas de Oscar de la Renta, por estudiantes de primero a sexto grado que saludaban la bandera tricolor desfilada por las más apetecibles y listas estudiantas del Cole. Tocaba el turno entonces a las “efemérides de la semana”. Aún no estoy seguro si fui escogido al azar o si el destino estaba preparado de antemano. Sólo recuerdo que en días anteriores, la maestra nos había pedido a Fabián y a mi memorizar un discurso breve sobre ciertas fechas y personajes célebres de la historia. En realidad nunca me distinguí por ser un estudiante listo; más bien todo lo contrario: mediocre, distraído, inadaptado, que jamás le entendía a su propia letra.



Fabián pasó primero a recitar su discurso. Detrás de él, como una momia de pueblo, se izaba el director, un tipo compuesto por una especie de mezcla entre Ignacio López Tarso y Vitola, vestido de etiquete y siempre muy, muy serio. La oratoria sucedió como si nada. Fabián volvió a su sitio, luego vino mi turno.



¡Queridos y amabilísimos espectadores! He de confesar aquí, en esta intimidad catártica, que lo que sucedió aquel día hubiera sido motivo suficiente de humillación para cualquiera. Sin embargo, como ya lo he mencionado, quizá no fue el azar sino el destino lo que me puso allí: al avanzar para escupir mi histórico discurso frente a la multitud, un miserable pie (no sé de dónde) se inmiscuyó entre mí y mi camino, haciéndome caer estrepitosamente sobre el pavimento.



Primero fue el silencio total, luego murmullos, hasta desembocar en una ola de risa incontenible. Incluso los maestros se reían. Me incorporé con seriedad. El silencio se hizo nuevamente. Miré a mí alrededor y, con gran espontaneidad, hice una reverencia al estilo Charles Chaplin. Entonces el tumulto de risas y carcajadas no se hizo esperar. ¡Era maravilloso! La gente se reía de aquella estupidez. ¿Alguno de ustedes ha sentido jamás esa electricidad que incita a transformar los instantes más solemnes en verdaderas parodias? Supe inmediatamente que aquello era lo mío. Supe con gran fortuna y desde temprana edad mi vocación: Comediante.


***


La primera que puso pecho sobre tierra fue mi madre:


-¿Comediante? ¿De qué carajos hablas? ¿Quieres morirte de hambre? Ponte a estudiar y deja de andar de ocioso.


En un principio y durante mucho tiempo pensé que la palabra “ocio” hacía referencia a un estado en el que la persona realiza acciones improductivas. Más tarde me enteré, por medio de un amigo, que el ocio era sencillamente “no hacer nada”. Así que aproveché con rapidez aquella ventajosa dualidad de conceptos, armando con todo ello mi primer performance.



Mi Primera Performance.



Consistía básicamente en arrojar objetos imaginarios sobre el piso, luego me hincaba frente ellos para observarlos de cerca y con profunda atención. Es verdad que al principio la idea parecía un poco tonta y banal. La gracia residía en involucrar en el juego a alguien a quien técnicamente llamaremos “la víctima”. La “víctima” es un sujeto que se encuentra disperso entre la multitud; se distingue del anonimato porque tiene un poco más desarrollado que el común de la plebe el sentido de la curiosidad; y debe ser un individuo al que le guste meterse donde nadie lo llama. Para que la víctima cobre su significado como tal, las condiciones del juego deben ser favorables. Por ejemplo: que la persona que ejecuta el engaño “demuestre” una gran capacidad histriónica, que haya un público cercano al acontecimiento y que el engaño cumpla cabalmente los objetivos deseados (El fenómeno víctima-victimario suele encerrar en sí mismo los secretos más antiguos de la persuasión: mientras haya alguien preparado para hacer, siempre habrá alguien dispuesto a observar).



Decía que me estaba preparando para jugar una broma. Una broma estúpida pero bien planeada. Las primeras horas de la mañana en el Cole transcurrían a veces como cubos de hielo bajo el sol. La hora divertida del recreo generaba un escenario formidable. Así que decidí montármela en el salón, donde algunos de mis compañeros solían permanecer charlando. Sin más nada, me levante del pupitre y me arrojé al suelo en busca de los “objetos perdido”. Algunas compañeras miraban de reojo. Al principio no prestaron demasiada atención, pero ante mi insistencia de encontrar lo que buscaba, una de ellas se levantó preguntando:



-¿Qué haces?


-Nada, buscando.


-¿Qué buscas?



Estuve a punto de contestar “¡qué te importa!” (uno se ve tentado a contestar de este modo a los metiches) pero el anzuelo había sido mordido y no había vuelta atrás.



-Ayúdame a buscar- dije con seriedad y soltura. Desde luego, sin preguntar más nada, accedió a mi petición automáticamente. Se tiró al piso y buscó, buscó, buscó…



(Este es el momento en el que uno agradece al cielo la curiosidad femenina, pues de un momento a otro todas, quiero decir, TODAS las compañeras se arrojaron al piso en busca del “objeto”).


-¿Qué hacen?- preguntó un compañero que entraba al salón mirando a las muchachas regadas por el suelo.


-Están buscando- dije parado junto a él en tono de burla.


-¿Y qué buscan..?



…Es verdad. Esa pregunta que suele ser tan obvia y tan ingenua encierra dentro de sí una fórmula estupenda: ¿Qué buscan? ¿Qué buscamos? ¿Algo, nada? ¿Eran ellas o nosotros un manojo de seres manipulables y, por lo tanto, susceptibles a toda clase de embustes y maniobras? Comprendí para mi fortuna y desde muy corta edad que las personas, sea cual sea su condición en la vida, están dispuestas a sacar de la nada, algo…



¡Así sea este discurso!




Aburrr.




(En nuestra segunda entrega: Super Friki conoce a… No se pierdan nuestra segunda entrega).

viernes 19 de septiembre de 2008

¡Aquellos tiernos juegos de la Infancia¡




Ahora que han pasado de moda la sodomía y el travestismo, es necesario hablar de cosas más sutiles que muchos de nosotros tuvimos la fortuna de vivir, sobre todo en aquella bonita etapa de la existencia: los juegos infantiles. No me estoy refiriendo a prácticas tan banales como “saltar la cuerda”, “brincar el avioncito”, “hacer el remolino” (ni todas esas cosas que ya ninguno juega ni de coña). Hemos dado el gran salto y hemos rebasado los límites de la ficción, de las consolas caseras -desde el Atarí 2600 hasta el X-Box 360 (¿360 grados? ¿360 eunucos agolpados frente al televisor?)- hasta llegar al terreno del naturalismo más puro, más crudo, más rapaz. Pero dejemos a un lado los rodeos y vayamos al tema.


Altamente practicados en los círculos escolares, esta clase de juegos jamás discriminó rangos ni estándares sociales. Al contrario, de ellos puede decirse que son un sustituto extraordinario de las cátedras de Civismo, Humanismo y Sexualidad (materias que se aprenden en las aulas y en la calle se olvidan). Esta clase de juegos son para los infantes la más alta expresión de la inocencia…


Asunto # 1: Descripciones.


  • Montaña:


Esta es una técnica universal muy práctica pero compleja, y funciona de la siguiente manera: un idiota es arrojado al piso por otro idiota que se le monta encima, luego sigue un tercero, un cuarto, un quinto, hasta llegar a la cifra N…,que en el argot matemático define una serie ilimitada de idiotas agolpados sobre el primero, el cuál termina quedando, como es bastante lógico, hecho mierda.


  • El apretón de huevos:


Esta es una simpática operación que, como su nombre lo indica, consiste en apretarle con la mano los huevos al compañero mientras éste se encuentra desprevenido (mirando, seguramente, el vuelo de una mosca), acompañando dicho ritual con un diálogo que pinta más o menos así:



-¿En dónde se paró el Águila?

-¡¡¡¡¡¡En un nopal!!!!!!!



(nótese aquí que la víctima comienza a retorcerse, circunstancia que le impide en muchos casos pensar con claridad)



-¿Cuántas tunas se comió?

-¡¡¡¡¡¡Ninguna… por que no las vio!!!!!



Si la fórmula es contestada de este modo, entonces ambos huevos son liberados; si no es así, entonces tendremos un buen pretexto para reír.


  • Esconder la mochila al compañero:


Aunque no lo parezca, este es uno de los juegos con el más alto grado de psicosis, y el terror psicológico que genera es casa casi parecido a cualquier largometraje de Stephen King, pues todos los fenómenos subsecuentes a esta práctica, aunque no son visibles, suponen una tensión extraordinaria.


Imaginemos a un tal X llamado Paco (por poner un nombre). Ahora X (que será el equivalente de Paco a partir de ahora) sale algunos momentos del salón (a cagar, por ejemplo), y al regresar se encuentra, oh sorpresa: ¡Que su puta mochila ha desaparecido! Ninguno dentro o fuera del aula sabe de ella. Nadie la vio salir o trans-dimensionarse. Unas cuantas risitas dan cuenta de la broma, pero ninguno se atreve a revelar el secreto. Por lo tanto Paco busca, re busca, se rasca la cabeza, suda mucho, pero jamás la encuentra. Paco sabe dos cosas: que su bolsa aparecerá hasta el día siguiente y que debe de llegar a su casa.


Este es el momento climático del juego (y es aquí donde el verdadero terror se manifiesta):


Paco: (entrando por la puerta de su casa sin ganas de ser visto) ¡Ya vine!


Mamá de Paco: (saliendo de la cocina con delantal) ¡Qué bueno m´ijo, porque quiero que vayas a la tienda y… (silencio espeluznante) ¿Tú mochila? (no hace falta explicar por qué las madres tienen ese miserable sexto sentido de las cosas) ¿Donde está la mochila?


Paco: (sudando mucho) ¡…este…este… creo que la he dejado en casa de Fernando!


Mamá de Paco: (sin tragarse el embuste) Entonces voy a hablar por teléfono a su casa y pedirle a su mamá que la traiga.


(Paco queda petrificado. No se mueve, no habla, no respira. Su pulso se acelera vertiginosamente. Suda el poco sudor que queda en su organismo. La madre toma el teléfono. Marca. Masculla unas palabras inaudibles. Cuelga).


Mama de Paco: (convirtiéndose en Gramlin) ¿Con que en casa de Fernando, eh…?



En este punto no hace falta explicar más (en eso consiste la magia del suspenso).


Ahora ya podéis imaginaros por qué este tipo de juegos gusta tanto a los niños.




Asunto # 2: Lecciones para joder al otro sin censura.



Todo gran jodedor sabe perfectamente que una buena paliza es mejor que mil palabras (si no pregúntenle a los maestros de primaria, a los padres de familia y a los hermanos mayores). Los métodos de enseñanza-aprendizaje más actuales reclaman absoluta preparación y criterio. No basta con escuchar al próximo, con darle palmaditas en la espalda y decirle: “no te preocupes, todo saldrá bien” (estas cosas hay que dejarlas para el psicoanalista). Es preciso persuadirle a patadas de que el mundo está mal, tomarle de los pelos y arrastrarle 10 metros, por su propio bien. Es preciso definir los límites y expandir los parámetros de la insensibilidad.


La insensibilidad propone al individuo que la ejerce toda una extensa gama de condiciones cómodas y favorables: 1) no tienes que escuchar por compasión las tonterías de los demás: dejad que otros se coman la basura; 2) duplica la autoestima y cementa los rasgos de la personalidad: soy más grande, soy más fuerte, por lo tanto puedo madrearte cuando quiera; 3) permite la libertad de expresión y de acción: mientras insultas, puedes simultáneamente golpear; 4) suprime espontáneamente todo indicio de remordimiento; 5) Te da plena ventaja frente a cualquier situación (¿quién realmente desea ser el tonto del grupo?).



***



Por último, y para cerrar esta jerga, dejamos al deleite del espectador el Top Ten de los juegos más buscados por los reyes del hogar:




10.- Calzón Chino.


9.- Quitar la silla.


8.- Tirarse de pedos y aguantar la risa.


7.- Esconderse en el baño del contrario (puesto que a esta edad se carece del concepto de “género”, las niñas simplemente son “lo otro”).


6.- Echarle resistol a la banca (dicha sustancia puede sustituirse por cualquier otra que cubra las ganas de chingar).


5.- ¡Ponle moscas a su torta! (aclaramos que deben ser estrictamente moscas, que no son nada tóxicas pero muy nauseabundas; además son permisibles en bebidas, enchiladas, sándwiches, etc).


4.- Cocerse a mochilazos (no se vale introducir en las mochilas objetos punzo-cortantes).


3.- Poner apodos (esto no puede faltar en ninguna lista).


2.- Insultar al de a lado, al de enfrente, al de atrás… (el que profiera más insultos, gana).


Y # 1-…pegar chicles en el pelo, embarrarse mocos en la ropa, mirarles los calzones a las niñas, poner cuetes en la taza, darse de balonazos, empujarse en los charcos, patearse en las espinillas etcétera, etcétera, etcétera…




Aburrr.

sábado 23 de agosto de 2008

De qué otra cosa hablar cuando pasas contigo todo el tiempo.

(Declinaciones del monólogo I)




Actualmente vivo una relación clandestina con una rata. Ella no es nada hermosa, pero es muy amigable. La conocí apenas hace unas semanas. Su mirada es un poco distraída, pero su andar es firme, decidido. Le gusta mucho pasear por los rincones de la casa, entrar a las alcantarillas y echarse unos clavados, comer trozos pequeños de tortilla remojados en agua. Cada vez que procura esconderse de la gente, su negra y larga cola la delata. Es una rata muy hiperactiva. De vez en cuando sale a buscar trabajo. Es entonces cuando sucede en mí una emoción que sólo puede sentirse en momentos como ese, mientras la soledad alcanza su más miserable longitud. Una emoción muy parecida a la tristeza. O mejor: al silencio, cuando no se tiene a nadie con quién platicar.

Hay silencios incómodos. No el silencio entre dos desconocidos o el silencio que emerge cuando se agotan las palabras. Silencios que da lo mismo si se expresan o quedan sepultados dentro de la memoria. Silencios como huesos de durazno atorados en la traquea. Pero hay también silencios que abren paso al monólogo, a la extraña locura de hablar solos. Lo más raro de ellos es su facultad para hacernos reflexionar: la introspección como ejercicio obligado del silencio. La mente poco a poco comienza a articular cosas que no existían hace unos instantes. Cosas llenas de magia, de auto conocimiento. De algún modo el lenguaje, lo mismo que la música, es una combinación entre sonido y silencio. Entonces el silencio es un ritmo que debemos aprender a escuchar.

Hay silencios sensibles, como oír a lo lejos una melodía entrañable o la voz de las personas que amamos (aunque no estén allí). Silencios que nos hacen rememorar y ubicarnos nuevamente en el tiempo, en la corriente de las cosas pasadas, intransferibles pero nuestras. En ellas la memoria se recrea, va hilvanando fragmentos en apariencia olvidados, los coloca de manera precisa integrando imágenes llenas de sonidos y formas. La verdadera imaginación no es sino el deseo de rescatar del olvido la existencia.

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Sin embargo, muchas veces el mundo se rodea de cuestiones mundanas. La gente dice cosas. Por las calles deambula el intercambio de ideas. En los bares abunda la trivialidad, pero declina el genio del estrés. Las oficinas, las fábricas, los centros comerciales son diálogos insípidos entre hombres y máquinas. Pero nada de eso nos refleja, porque allí las palabras pocas veces son algo: mero tránsito y opio, costumbre y mercancía. Uno quisiera entonces encontrar el comino de las cosas reales: verdaderas palabras cargadas de sentido, destellos luminosos que nos cieguen, discursos inteligentes, carentes de pedantería, corazones lejanos a lo superficial. Uno espera en la sombra de su quieta soledad que el silencio y la palabra vuelvan a hermanarse.

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Es de noche. La lluvia ha comenzado su monótona danza. El dios del fuego prende con amabilidad un cigarrillo para mí. Fumo y dejo caer un poco de ceniza sobre mi pierna. Escucho en un rincón un leve ruido y volteo. Unos ojos oscuros y vidriosos me miran desde su clandestinidad: es ella, es mi rata. Ha vuelto.






sábado 16 de agosto de 2008

“PUTO EL QUE LO LEA”

Cuando era chavito me llamaba mucho la atención ver en el baño de la escuela los graciosos graffitis y monitos con insultos y alusiones sexuales pintados en los muros, ya fuera contra el sexo opuesto o el propio. La magnífica destreza de nuestro género ahora me parece mediocre frente a una realidad infinitamente superior: el baño de las niñas.


ACLARO: NO SOY NINGÚN PERVERTIDO SEXUAL NI ME GUSTA ESPIAR A LAS NIÑAS CUANDO HACEN SUS COSITAS. Esto lo comento porque, en el lugar de trabajo donde los baños son casi públicos -o casi privados- es increíble ver cómo las niñas, especialmente de secundaria, se meten a grafitear con absoluta libertad generando sentencias como esta:


PUTAS CLAUDIA

ROSÍO

ALISIA

MALENA

CARMEN

JOCEFINA

ISAVEL

MARIELA

KARLA

ROSA

LETISIA

CONCHA

PAMELA

Y TODAS LAS DEL “203” SORRAS


Me pregunto si habrán omitido a alguna. Lo curioso es que todo artista verdaderamente conocedor de la técnica debe saber perfectamente que el insulto grafitero estaría incompleto sin las obligatorias faltas de ortografía. Lujo que únicamente pueden darse los más doctos.


PRIMERA INVESTIGACIÓN DE CAMPO Y ANÁLISIS CONCEPTUAL.


Haciendo un análisis comparativo del suceso grafiteril encontré un sorprendente descubrimiento que será la delicia de los investigadores en la materia:


Estadística:

Baño de hombres: 3 graffitis, 1 bujo

Baño de mujeres: 48 graffitis, 16 bujos


He omitido desde luego los grafitos escritos con caca, dado que su nivel criptográfico suele ser muy elevado y en muchas ocasiones indescifrable. Pero el proceso restante arroja datos interesantes, generando un incremento exponencial en la cantidad de grafitos femeninos con respecto a los masculinos, significando que el nivel conceptual y lexicográfico de las mujeres ha aumentado substancialmente en los últimos años. De otro modo, podríamos afirmar que el nivel lexicográfico y conceptual de los hombres se ha estado yendo por el retrete.


Resultado de la investigación: ¡AHORA ELLAS SON LAS QUE MANDAN¡



LAS FUENTES DE CONSULTA.



Escribir en las paredes de los baños se ha convertido en una disciplina intelectual de alto rendimiento. Es por eso que la Real Academia de la Lengua ha realizado un minucioso estudio al respecto. Como fruto de esta ardua labor, coordinada por decenas de expertos filólogos en la materia, ha elaborado el DICCIONARIO LEXICOGRÁFICO DE INSULTOS Y ALUSIONES SEXUALES (Copy Right), cuyo estudio se remonta a las postrimerías de la segunda glaciación. Veamos esta imagen extraida del Sweden Brastad Petroglyph Skomakaren en agosto de 2003:







Hay que tomar en cuenta que esta imagen fue realizada sobre piedra, simulando de este modo lo que podría ser la primera letrina de la historia. Asimismo, no deja de ser curiosa la total ausencia de humildad en esos dibujos, convirtiendo a los hombres del pleistoceno en verdaderos trípodes.



Veamos ahora este obra maestra del arte postmoderno:








Es increible el grado de madurez evolutiva que hemos alcanzado en estos últimos tiempos.


Finalmente, les dejo esta hermosa muestra del Florilegio de Joyas y Joyos Universales.


· Frente a este frío muro, labrado en piedra...
lloraba mi triste culo, lágrimas de mierda.


· De los placeres del mundo
el que más te hace gozar
es fumarte un cigarrillo
a la hora de cagar.


· Cuando la suerte se empeña
en joder al desgraciado,
por más que se limpie el culo
siempre le queda cagado!


· En caso de incendio... salir cagando.


· Te quiero como a mi caca,
como a mi caca te quiero,
pero mas quiero a mi caca,
porque si no cago muero.


· El eructo es un pedo que te vió cara de culo.


· Todos pueden mear en el suelo. Sé un héroe: mea en el techo.


· Soy testigo de escenas sangrientas. (excusado de mujeres)


· Los escritores de baño,
son poetas de ocasión
que buscan en la mierda
su fuente de inspiración.


· La unión hace la fuerza... ¡caguemos juntos!




¡Aburrr.


http://www.mallorca.us/humor/archives/14-GRAFFITIS-en-los-banos-publicos.html

lunes 11 de agosto de 2008

"Si muero en la carretera no me pongan flores"

(DISCURSO INAUGURAL DEL BLOG)


Por el amor de Dios: no me pongan flores de esta carretera ni de otra (parafraseando al buen poeta cubano Virgilio Piñera) Y es que prefiero ponerle flores a una carretera donde haya una puta esperando un ray, para que valga la pena. Porque seguramente existe algo más en las carreteras que baches y empellones.

Los perros encabezan la lista de animales víctimas de la violencia carretera. Luego siguen las ratas, las lagartijas y los moscos (los que se embarran en los parabrisas de los carros). Un asesino serial podría estar esperando detrás del sucio rostro de un inocente vagabundo. Los motoristas de Harley, gran cantidad de ellos bellamente seniles, generan un estupor similar a las escaramuzas formadas por señoritas de la Vela Perpetua. Cuando sales de viaje rumbo al DF durante los festejos a la Guadalupana, es increíble la cantidad de ciclistas y maratonistas muertos en nombre de la fe. Los infartos en carretera son frecuentes, sobre todo si has tenido una bonita experiencia con los Estatales.

Lo que no es novedad es encontrar millones de anuncios de Provida referentes a “Utilice el cinturón de seguridad”, “Si tomas no manejes”, “Oríllese a la orilla”, “Si maneja no maneje, mejor chupe”, etc.


Una manera extraña de morir en carretera puede ser esta:






o esta:







o esta otra:





Por eso les pido por el amor de Dios que:


Si muero, si no muero,
si muero porque no muero
si no muero porque muero.
Si muero en la carretera.
Si no muero pero en la carretera si muero.
Si muero porque no muero en la carretera.
Si no muero porque muero en la carretera,
no me pongan f, no me pongan l, no me pongan o,
no me pongan r, no me pongan e, no me pongan s,
no me pongan flo, no me pongan res,
si muero en la c.

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